sábado, 31 de enero de 2009

Ciudadanía


Qué trabajo cuesta ser ciudadano. Siempre ha sido así, no sólo desde que el concepto arraigara en la polis griega y hubiera tantos requisitos para enarbolarlo como propio que la mayoría de las personas no lo eran, sino a lo largo de todas las edades postreras, hasta llegar a nuestra contemporaneidad, en la que hasta hace sólo unas cuantas décadas había que seguir distinguiendo entre habitantes y vecinos. No era lo mismo ser gente (masa) que ciudadano. Ya lo de ciudadana tendríamos que tratarlo en artículo aparte. Desde aquella era remota de los patricios y los plebeyos, todavía asistimos a los últimos hervores de aquel sustrato cruel por el que somos o ciudadanos de primera o ciudadanos de segunda. Incluso de tercera. Más allá de los recursos económicos de cada cual, que es una razón que vale su peso en oro, existen otros motivos más miserables por el que mucha gente no soporta aún la idea simplona de que todo quisqui sea ciudadano. Existen para los tales una válvula de escape en su ansiada distinción en tantos inmigrantes que se agolpan a las puertas del concepto mismo, con sus escasos papeles en la boca y su esperanza ciudadana estrellada contra la ventanilla del censo o en el avión de vuelta. Negracos, sudacas, moracos y otros tacos se apretujan en ese regocijo de distinción de quienes comprenden que no todo el mundo va a conseguir ser ciudadano. Pese a que la palabra esté divertidamente compuesta por un lexema clarísimo (ciudad) y un sufijo inquietante (ano), se trata de un vocablo carísimo, ya ven.

Un paso trascendental en esta aventura de la ciudadanía ha sido la llegada de un negro, de piel casi mulata, o sea, casi moraca, a la Casa Blanca (blanquísima). Nadie hubiera imaginado hace ni siquiera cinco años que un heredero de la Kenia profunda y el Chicago guerrillero hubiera jurado su cargo sobre la Biblia de Lincoln. Y ya es presidente del país más poderoso de la tierra, lo cual equivale a decir presidente del globo. Un negro, quién lo diría. Un negro como el Tío Tom.

El ciudadano Obama ha puesto su pica en esta antigua lucha por la ciudadanía de todos los colores y ha dejado el pabellón altísimo. Él se habrá percatado de que a caballo ganador todos apuestan. Igual que nosotros aquí, en esta España nuestra de la doble faz, donde el PP, partido conservador donde los haya, prefería conservar su relación con EEUU en el heredero del extinto Bush, John McCain, no por natural convencimiento ideológico de los republicanos frente a los democrátas, sino por puro conservadurismo familiar. Nuestros populares (apelativo que no deriva precisamente de pópulo o pueblo) apostaron primero por los republicanos (aunque a ellos lo de la República les dé sarpullido), pero se percataron finalmente de que la cantinela del Yes, we can podía funcionar de manera histórica. Cuando así fue, hasta Rajoy, calcetín del revés en Génova, pronunció la frase mágica. E incluso algunos populares utilizaron la consigna del Cambio para derribar a Zapatero, que ya les pesa como si llevara siglos, como si su mandato fuera tan vetusto como el de Franco, es un decir.

En cualquier caso, parece que al PP lo ha convencido el cambio propuesto por el ciudadano Obama. Y esa gran lección de ciudadanía nos emociona. Sin embargo, y aquí queríamos llegar, cuando se trata de educar a nuestros jóvenes en Ciudadanía, así con mayúsculas,... ya ése es otro cantar. "Hay que suprimir Educación para la Ciudadanía", ha sentenciado el líder del PP tras conocer el fallo del Tribunal Supremo que avala la polémica asignatura y que deja en un callejón sin salida a quienes querían objetar contra ella, neoconservadores de nuevo cuño y viejo sentir. La declaración de Rajoy, un gigante con pies de barro visto el futuro que le espera con tanto espía, lo coloca frente al poder Judicial en este estado de derecho del que, con razón, tanto presumimos.

Cuando después de tanta historia anticiudadana un gobierno democrático se dispone a educar a los hombres y mujeres del futuro inmediato en el valor de la ciudadanía como tal, continúan protestando los de siempre, los que nunca creyeron en ella y los que han pensado siempre que las cosas no son como aparecen en el mundo, sino exclusivamente como dicen en casa. O en misa. A estas alturas de la Historia, es a lo que yo llamaría ser rebelde sin causa.


  • Extracto del artículo que, con el título de Ciudadanía. La batalla histórica, publico asimismo en el número de febrero de 2009 de la revista Cuadernos para el diálogo.

domingo, 25 de enero de 2009

Entusiasmo periodístico

El periodista británico afincado ya en Nueva York Harold Evans, ex director de The Times Sunday y de The Times, aparece hoy en El País entrevistado por Juan Cruz como un maestro del periodismo. Relata investigaciones que llevaron a sus publicaciones a alcanzar un prestigio internacional que todavía palpita en el corazón de quienes sentimos esta profesión como un estímulo absolutamente vital. De sus palabras, me quedo con las siguientes:
"En cuanto el objetivo sea financiero y no periodístico el periódico decae y se cae. En cuanto se empieza a destruir el contenido periodístico del diario no hay la más mínima posibilidad de éxito. Imagínese: se compra una orquesta, y lo primero que hace es deshacerse de los violonchelos, total, para lo que sirven; y después se deshace de los timbales... ¡Y luego te pones a tocar a Beethoven y no te sale! Beethoven no suena del mismo modo sin los timbales o sin los violonchelos, de igual manera que un periódico no suena a periódico cuando ha perdido a su equipo internacional o a sus corresponsales".
Es lo mismo que ha repetido mil veces otro maestro del periodismo en Andalucía, Antonio Ramos Espejo, de manera más lírica y ajustada aún: "Los reporteros tienen que conquistar el alma de las redacciones a los ejectivos".
Me entristece pensar que, en una dimensión más chapucera y bajuna a estas declaraciones que suenan como titulares dignos de esculpirse en oro, existen otros profesionales dedicados a hacerle el juego al poder, escondidos en los pliegues de la chaqueta de cualquier politicucho para mantener el nivel de vida que su profesionalidad jamás le permitiría, maestros en el arte del disimulo, avergonzados de sí mismos y creadores de una fantasía periodística en la que nunca creyeron. Están condenados a mirar siempre de reojo.
Nos queda un consuelo histórico: tiene que haber de todo en la viña del Señor.

Meditación financiera



La paciencia es medicamento caro en los tiempos que corren. Ya lo dijimos aquí antes de que la crisis lo hiciera más evidente. Así que ahora, impacientes y sin un duro, el diagnóstico es más preocupante que nunca. Ante los constipados radicales, lo mejor es taparse la cabeza y esperar a que pase el chaparrón. Pero con un ojo abierto, audaz por encima de las sábanas, no sea que pase el tren sin darnos cuenta. Pura ecología en tiempos difíciles.

sábado, 24 de enero de 2009

Bofetadas judiciales al sentido común



Ya es un tópico ese retruécano de que es el menos común de los sentidos, pero ahora que George W. Bush se retira plácidamente a su rancho sin que se le juzgue por crímenes diversos contra la diversa humanidad; ahora que los malayos sonríen ante irrisorias penas que son más bien penitas; ahora que el juez Tirado protesta por lo bajini por sus 1.502 euritos y toda su panda amenaza con una huelga indecente; ahora que las familias están sufriendo como nadie el castigo por la ambición desmedida de la banca irresponsable; ahora, digo, la condena a una madre que pegó una bofetada a su hijo porque no hacía los deberes nos parece un bofetón grandísimo a ese sentido común que es, en rigor, toda una quimera.


La kafkiana historia de esta bofetada la sufre una familia de Pozo Alcón, en el oriente jiennense, desde 2006. Una tarde cualquiera, María del Saliente, una madre con dos hijos cuyo marido trabaja toda la semana fuera del pueblo, se afana en las labores del hogar. Uno de los chiquillos, de diez años entonces, protesta porque no quiere hacer los deberes del cole. Su madre lo reprende y él se encierra en el cuarto de baño. La madre le dice que salga, pero él se niega. Cuando la madre fuerza la puerta, le da un cogotazo y el chaval se golpea con el lavabo. Puro accidente doméstico. Pues no; cuando el asunto llega a la Audiencia Provincial de Jaén –merced a la extraordinaria pericia de algún docente aburridísimo- la jueza, que no busca en su sentido (común o propio), sino en el Código Penal, encuentra la solución a aquel conflicto doméstico y vespertino: encerrar en la cárcel a la madre durante mes y medio y prohibirle que se acerque a su hijo durante un año y 45 días. Así aprenderá esta mujer, que seguramente no ha leído ningún manual de psicopedagogía y que no sabe educar conforme a los criterios que han aireado luego muchos expertos de la educación por la tele, donde todo el que sale, por otro lado, es experto en algo, ya se sabe; lo ha dicho la tele.


Desde entonces, este pueblo de algo más de 5.000 habitantes, su alcaldesa, y gente del montón se han rebelado contra la medida, por considerarla excesiva. Hasta la Junta de Andalucía se ha atrevido a contradecir a la sacrosanta Justicia para reclamar el perdón para esta madre del bofetón, rara avis en un país en el que ninguna mamá hubiera tenido tan violentísima ocurrencia.


Lo último que se ha conocido del mediático caso es que la jueza, que ha descubierto que en realidad el caso es un estricto ejemplo de violencia doméstica, por haber ocurrido en el hogar y no en, por ejemplo…, un aeropuerto, ha rectificado sus 45 días de prisión para la madre y pone ahora en su sentencia 67 días, 22 jornadas más, o sea. La misma sentencia, que reconoce que el chiquillo tiene un “carácter difícil” –¿habrá sido redactada con el niño delante, jugando allí frente a la jueza?-, tiene el descaro de sugerir el indulto parcial sobre el alejamiento de la madre, pues ésta tiene otro niño más y será complicado que atienda a este último mientras se aleja del primero. El indulto lo tendrá que decidir el Ministerio de Justicia, con lo que la jueza en cuestión se lava las manos, cual Pilato achaparrado con la que está cayendo. El pleno del Ayuntamiento de Pozo Alcón eleva su petición de indulto. Ahora habrá que esperar sentido común, es decir, un milagro.


El episodio ha llevado al atildado juez de menores Emilio Calatayud a poner el grito en el cielo y a pedir el cambio de una ley que se hizo pensando en las mujeres maltratadas por sus parejas y que la estupidez de determinados magistrados ha convertido en un bucle disparatado contra casos que nunca debieron judicializarse. El caso no es que pueda crear un peligroso precedente, sino que ya lo ha creado, pues numerosos padres se tragan a diario su recto proceder de dar un cachete a sus hijos cuando éstos no atienden a otras razones más dialógicas.


Los menores, cuyo desarrollado sentido hedonista está fuera de toda duda, enseguida se percatan de su situación ventajosa en un sistema social en el que ni sus padres los pueden tocar, de modo que este tipo de jurisprudencia se la saben al dedillo. En realidad, deberíamos propiciar un sistema de protección de menores mediante el cual el cachete familiar fuera la garantía protectora y previa ante otros cachetes que la vida nos pueda dar luego. En el caso de Pozo Alcón, cuya madre, para más inri, es sordomuda, el chaval al que la Justicia pretende alejar de su progenitora ya ha aprendido la lección de la insoportable infantilización de los adultos y especialización estéril de las Facultades de Derecho. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. Y menos los niños. No sé por qué me aterra recordar ahora Los viajes de Gulliver.
  • Este artículo aparece asimismo en el nº 1.942 del semanario Cambio16.

viernes, 16 de enero de 2009

El chiste y el mal ángel (II)

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua, el DRAE español, no recoge la palabra "malage" tal y como un servidor la escribió aquí hace tres días, sino con jota de jamón; es decir, "malaje", lo cual no sólo refuerza mi explicación de la otra vez sino que contribuye graciosamente a ella. Cuando alguien dice que una persona tiene "aje", aspirando un poco esta jota andaluza que nunca termina de parecerse a la rotunda que aprendimos en el Micho 1, quiere expresar que tiene algo de duende, de gracia (en la acepción latina de "gratia", de "don"), o sea, de talento o genio. Además, esa gracia (angelical, de ángel, "age" o "aje") parece difuminada por su entera persona, de modo que no se dice que alguien posea ese "buen aje" (buen ángel) por una virtud específica, sino por el conjunto de sus virtudes visibles, públicas o socializables. En definitiva, porque cae bien. Pero el uso de este ancestral "buen ángel" que alguien pueda tener o no ha sido tan oral (y poco escrito y oficializado), que cuando los académicos lo han puesto sobre el papel recordando la fonética andaluza, lo han escrito con ese fonema velar con el que escribimos "jirafa" (a pesar de venir del italiano "giraffa") o "jirón" (que viene del francés "girón"). La jota siempre nos caído mejor que la ge, tal vez porque las jotas nos simpatizan más con su puntito y las ges nos parecen más cursis, como una letrita gatuna que nos hiciera una genuflexión. Ni que decir tiene que algo de esto debió de pensar (o sentir) nuestro poeta de Moguer Juan Ramón, que no sólo universalizó su Jiménez con J sino todas las palabras que contuvieran ese jiji de la risa en su interior. El autor de Platero desterró de su escritura todas las ges y prefirió todas las jotas. Por algo sería.

Reconduzco, que me voy por los cerros de Úbeda (por donde anda Sierra Mágina, con ge, qué gracia). Resulta que la Nebrera, Motserrat, Montse para los amigos y para su web particular, ha pedido disculpas a los andaluces pero no a Magdalena Álvarez, la ministra de Fomento, por haberla llamado "cosa", haberle dicho que "no sabe hablar" y que es "una chula". Quién da más. A los andaluces les pide perdón después de haber asegurado que cuando habló del acento andaluz ininteligible de la ministra no se refería al acento de los andaluces, sino solamente al de la ministra. Entonces, digo yo, ¿por qué nos pide perdón ahora? ¿A cuento de qué? ¿Mala conciencia o estrategia del partido al que no le cogía el teléfono cuando la llamaron para reprenderla o avisarle de que tenía abierto un expediente? En fin, incoherencias de políticos, que viene de polis pero que nada tiene que ver con políglota.

Los políticos creen saber de todo, como nos ocurre muchas veces a los periodistas. Así que meten la pata o la gamba cada dos por tres. Hoy he leído en un periódico que Montserrat Nebrera ha acusado ahora a Magdalena Álvarez de tener "muy mala sintaxis", lo cual me ha vuelto a sorprender bastante no porque la ministra tenga, por el contrario, buena sintaxis, sino porque la película me está pareciendo ya una continuación de mis clases de lengua. A mis alumnos les referí hoy todo el episodio, lo cual me sirvió para sorprenderme nuevamente de que los jóvenes no se enteran de nada, al menos de estas guerras absurdas entre profesionales de la política de los que ellos pasan mogollón.

Así que Nebrera, una desconocida hasta hace una semana para mí; que según tengo entendido ha perdido las batallitas dentro de su propio partido y que todavía no ha salido de su Cataluña vital desde que la parieron allí –su abuela era de Baeza (Jaén, al lado de Úbeda, la de los cerros por los que se está yendo todo esto)–, Nebrera, decía, nos ha ilustrado en los últimos días (con malaje, ahora lo escribo académicamente) sobre acento, tono y sintaxis.

La mujer no tiene ni pajolera idea de ninguno de estos conceptos. Por eso se está armando un lío del que ya no podrá salir a menos que su partido tenga compasión de ella. Si tanto le interesa el tema, podría ponerse a estudiarlos, y descubrir que lo que ella debería haber dicho desde el principio es que no le gustaba el idiolecto de la ministra. Idiolecto, sí, su habla particularísima. El habla de la ministra. Porque el acento ni es un acento político ni es un acento personal. El acento es un concepto geográfico, que nos une a todos los andaluces de por aquí cerca, de Andalucía occidental, más o menos. Y por eso cuando dijo que era un "acento chulesco" –¡luego cambió acento por tono!, con lo que incurría en nuevas incorrecciones, pero ahora musicales– nos englobaba como chulos a todos los que tenemos este acento andaluz. Y eso era un insulto a un pueblo histórico.

Compadezcámosnos de esta señora. Además de malaje (con toda la fuerza de la jota), es ignorante y arrogante, pues se valora demasiado a sí misma, tal vez porque nadie le ha dicho a la cara lo poquísimo que sabe. De eso, según el sabio Sócrates, no tiene ella la culpa. No sé si la tendrá Aznar, que cambió milagrosamente de idiolecto cuando sus chulas amistades con Bush –que ya se va– y todo el mundo se rió de su acento tejano. "Acento", se dijo en la tele. Aquello la confundió. Y desde entonces anda confundida, como Dinio. Personajillos pasajeros.

  • Este artículo aparece también en el número 1.940 del semanario Cambio16.

martes, 13 de enero de 2009

El chiste y el mal ángel

El tablero político se convierte demasiadas veces en viñeta chistosa, pero el episodio deja de tener gracia cuando los chascarrillos salpican a los ciudadanos que no entran a (re)partir en el botín del astracán público. Está más o menos bien que los profesionales de la res pública se maltraten dialécticamente, pero no que arrojen sus desperdicios intelectuales sobre el respetable; entre otras razones, porque el respetable viene definido por su propia denominación y porque ha sido él quien ha colocado a los políticos en el escenario. Para que trabajen bien su papel, se supone. Así que los ciudadanos, continuando la alegre alegoría, somos algo así como los productores del teatro democrático. Y con los productores no se mete nadie. Si ello ocurre, a la calle con el infractor.

Viene la reflexión al hilo surrealista de las declaraciones de la diputada catalana del PP Montserrat Nebrera en su desmedido ataque a la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, tras el conflicto de la nieve sobre Madrid. En lo que toca a la persona de la ministra gaditana criada en Málaga, experta en sobrevivir a todas las crisis habidas y por haber -como la mimbre, aunque ella dijera de sí misma que "antes partía que doblá"- la parlamentaria catalana le ha faltado el respeto al llamarla "cosa". Ha cosificado a una persona, y eso es atentar contra su dignidad. Pero todos queremos suponer que la declaración forma parte del ámbito (y del conflicto) político, por lo que, verba volant, y a otra cosa mariposa. Sin embargo, Nebrera se ha descalificado a sí misma cuando ha hecho mención a su acento y a sus conversaciones con los cordobeses. Según la catalana, el acento de la ministra "es de chiste" y apenas entiende cuando llama a un hotel de la ciudad de la Mezquita y le hablan "en andaluz". Da la casualidad de que el acento de Magdalena Álvarez no es un acento político, sino el de todo un pueblo histórico (Andalucía Occidental) y que el andaluz de los cordobeses es el que practican a diario (para hablar y pensar) miles de andaluces. Por lo tanto, si Nebrera piensa que nuestro acento o nuestra modalidad lingüística del castellano es "de chiste" está atentando gravemente no sólo contra nuestra dignidad lingüística, sino contra la dignidad histórica de una modalidad del castellano que atravesó el océano para dar sustancia al logos en el Nuevo Mundo y abrir un diálogo intercultural sin precedentes allende los mares.

Está claro que la catalana no sabe ni papa de esto. Y tampoco debe de conocer la nómina de literatos andaluces que a lo largo de la historia del castellano han mejorado esta lengua de categoría global con su conocimiento y su praxis absolutamente geniales. No doy nombres, para que ella investigue un poco ahora que, supongo, su partido se encargará de liberarla de tanta responsabilidad. Una política que humilla lo más íntimo de un pueblo no puede ser representante de otro, pues la modalidad lingüística de cada pueblo y de cada persona es lo más intransferible y preciado; con ella pensamos, nos expresamos y nos desenvolvemos, de modo que atentar contra ella es violar el tuétano de nuestro ser.

Probablemente Nebrera no estudiaba demasiado cuando otro andaluz de acento tocado por la gracia (de "gratia", no de chiste), Felipe González, presidió este país para embarcarlo en la modernidad en que ella, sin merecerlo, está ya instalada. Y probablemente le gustó más aquel acento tejano que adquirió Aznar cuando puso los pies sobre la mesa en EEUU (estos conservadores sólo conservan lo que les conviene). Ahora debería encerrarse e hincar los codos. Así aprenderá etimología y una casuística aprovechable. Por ejemplo, un adjetivo muy usado por los andaluces: "malage", vocablo surgido de la verdad desgraciada de que haya tanto "mal ángel" suelto por el mundo, es decir, sin gracia, sin chiste ninguno.
  • Este artículo aparece asimismo en el número 1.938 del semanario Cambio16.