viernes, 31 de julio de 2009

Cometas contra bombas



La iniciativa tiene tal carga metafórica que a uno se le inundan los ojos de lágrimas. Los niños de la Franja de Gaza, en Palestina, han intentado un récord maravilloso: el de llenar su cielo de cometas de colores. Testigos presenciales afirman que lo han conseguido, pero no hay juez del Libro Guinness de los Récords que lo confirme, dadas las restricciones para entrar en la Franja, de modo que el récord no es oficial. Los observadores dan la cifra de 3.000 cometas volando en el aire simultáneamente, lo cual deja muy lejos el récord oficial de esta índole, conseguido al parecer en Alemania el año pasado.

Tres mil cometas como tres mil esperanzas. Seguramente habría más, porque eran casi 6.000 los niños palestinos que lanzaron sus esperanzas caseras al firmamento para que volasen libres. Las echaron a volar en la playa de Beit Lahiya. Las habían fabricado ellos mismos, con toda la ilusión que jamás podrá tener uno de nuestros niños frente a su play. Y, sin embargo, no había juez que verificase la hazaña. Por fortuna hay una foto de la agencia Reuters (esa que ven) que puede aproximarse a la imagen que han grabado en sus corazones estos chiquillos testigos de una matanza de 1.500 compatriotas sólo entre enero y febrero de este año tras una ofensiva israelí.

Yo siempre quise volar cometas en la playa. Pero nunca me puse. Ahora prometo hacerlo cuando tenga a mi hijo.

sábado, 25 de julio de 2009

El novelista David Trueba


David Trueba, director de cine y guionista, ha ganado este año el Premio de la Crítica con su tercera y última novela, Saber perder, de la que ya apunté por aquí hace unos días que la leía con el interés de un libro poblado de perdedores reales, es decir, de antihéroes de la actualidad. Ya la he terminado y se me ha quedado un sabor agridulce en la retina y en el pecho, después de transitar por ese paréntesis vital que Trueba ofrece de cuatro o cinco personajes ajustados al molde intransigente del mundo de hoy, con todas sus miserias cruelmente expuestas. Como su cine, también su novelística está nutrida de personajes paradigmáticos en cuyo vaciado cabrían muchas personas que pululan por tu barrio o por tu televisión. Creo que ése es el mayor mérito de Saber perder, que constantemente tiene uno la sensación de reconocer en ciertos personajes secundarios y anécdotas varias realidades concretas de la semana pasada.

La novela pivota sobre cuatro personajes principales relacionados de la siguiente manera: Sylvia es una adolescente prematuramente decepcionada con su estrecho círculo vital y es hija de Lorenzo, fracasado cuarentón al que su mujer abandona por un ejecutivo de éxito y al que persigue la conciencia fatal de un asesinato irresoluto. El abuelo de Sylvia y padre de Lorenzo, a su vez, es Leandro, un viejo encerrado en el último torbellino de la enfermedad terminal de su esposa y la llamarada autodestructiva del sexo viciado. Al margen de esta familia, está Ariel Burano, argentino recién llegado y estrella del fútbol que juega en un equipo de Madrid y que, por accidente, conoce a Sylvia para hacerla saltar de invitada a un mundo paralelo y vacío, lleno de excentricidades al lado mismo de la afición aborregada que todos conocemos.

Estos cuatro personajes activan a otros cuantos en una novela que, como el cine, va ofreciéndonos alternativamente secuencias en la vida de todos ellos, sin pretensiones redentoras ni finales alucinantes, sino como notaria literaria de un fragmento al azar, representativo de la incomunicación que sufre el ser humano postmoderno en el que, más o menos, cualquiera de nosotros se ha convertido ya.

Saber perder nos ofrece lecciones sin moralina acerca del amor, la amistad, el matrimonio, la televisión, el fútbol, la publicidad, la inmigración, el mercado laboral, la educación, el sexo, el arte, la vejez, la culpa, la religión, el periodismo y la trascendencia a corto plazo que toda persona busca incansablemente, a pesar de tantos pesares, en este mundo ramplón pero irrepetible para cada cual. Recomiendo la novela, que se lee bien a pesar de su más de 500 páginas, pero con un purgante o cáscara sobre nuestras sensibilidades. Absténganse, pues, quienes pasen por una mala racha.

miércoles, 22 de julio de 2009

Juan Peña, profeta en Lebrija


De El Lebrijano, cantaor flamenco abierto donde los haya, guardo un difuso recuerdo de mi infancia entre la magia de las casetes que guardaba mi padre en el mueble-bar y la coincidencia de que toda su ascendencia, la de mi abuelo paterno, provenía del histórico pueblo en el que también naciera Elio Antonio, el padre de nuestra gramática española: Nebrixa, en el remoto castellano. Tal vez fueron las galeras, ese palo de remo castigado que inventó romanceado para su disco más célebre y vehemente, Persecución (1976), lo primero que oí de su voz redonda y febril. Luego, no recuerdo cuándo, me familiaricé con el disco completo, con las letras de Félix Grande, con el drama histórico del pueblo gitano desde el comienzo de su eterna condición errante allá por la Baja Edad Media, con esos sonidos mezclados y espíritu andalusí... y continué degustando su obra con Reencuentro (1983), Casablanca (1998) o los más recientes Yo me llamo Juan (2003) o el garciamarquiano Cuando Lebrijano canta, se moja el agua (2008). Opiné en los últimos años que Juan Peña Fernández, como cantaor, estaba prácticamente acabado, y no sé si debería mantener el juicio, porque la emoción le hace a uno perder objetividad. Y ya se sabe que esa furcia periodística ni siquiera existe.

Ayer me volví a emocionar al encontrarme con él en el Ayuntamiento de su pueblo. Más viejo, más delgado, pero con la dignidad intacta de un gitano rubio que puede mirar de frente a quien se le ponga por delante. Le concedían, por unanimidad, el título de Hijo Predilecto de la ciudad de Lebrija, seguramente la distinción más difícil de conseguir para quien ha llevado su cante y el nombre de su pueblo por los cinco continentes a lo largo y ancho de medio siglo. Volver a que te reconozcan por fin tiene un valor de desmedida proeza.

Mientras lo miraba y lo fotografiaba para la crónica que hoy publico en
El Correo de Andalucía (http://www.correoandalucia.com/cultura.htm), me acordaba de la primera vez que hablé con él: correría el verano del año 2001. Yo trabajaba en el Chipiona Información y, aunque aquel quincenal estaba acostumbrado a rellenarse a base de teletipos maltrechos, yo aterricé en su redacción con la firme ilusión de convertirlo en un periódico local interesante. De modo que buscaba siempre la forma de incluir en él entrevistas con todas las personalidades del folklore que veraneaban medio anónimas en aquella playa multitudinaria. Y ocurrió así: cuando salía yo mismo de la playa en un día de descanso, oí que alguien decía a la altura de las duchas de enjuague: 'Mira, ése es El Lebrijano'. Era cierto. Al mirarlo, me percaté de sus profundísimos ojos azules bajo su cetrina piel dorada, empapadísimo como un pollito. Entonces, sin soltar la hamaca ni la sombrilla me acerqué a él y, ni corto ni perezoso, le propuse allí mismo la entrevista para mi periódico local. Él me contestó que sí mientras se echaba agua fresca en los pies, con una cola de domingueros esperándolo. Y yo me marché contento de tener ya a un personaje para la próxima edición. Creo recordar que lo entrevisté en un hotel de Chipiona. Casi dos años después, lo volví a entrevistar en la Plaza del Cabildo de Sanlúcar de Barrameda, cuando yo era ya redactor jefe de aquel otro periódico que era un semanario sabatino y él acababa de grabar un disco titulado Sueños en el aire que se presentó en La Merced. De aquella segunda entrevista recuerdo más pericia por mi parte y más sinceridad por la suya. Hablamos de lo humano y lo divino, de cante antiguo y cante moderno, de la literatura, de la vida y hasta de su coqueteo con las drogas, hasta que su mujer, Pilar, vino a recogerlo. Recuerdo que ella tenía el pelo negro, y no rubio como anoche, cuando se acercó a la presidencia del salón de plenos lebrijano a recoger un ramo de rosas bajo el tópico de que detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer.

Anoche me alegré de volver a escribir de
El Lebrijano porque me sentía testigo directo de una justicia histórica. No era justo que este artista nada endogámico no fuera Hijo Predilecto de su pueblo, sobre todo cuando jovencísimos artistas de nuevo cuño, como el cineasta Benito Zambrano, ya lo son. No es que me parezca mal lo de Zambrano, pero todo debería tener un orden y el puesto de Juan Peña en la Historia, también en la de su pueblo, hacía décadas que palpitaba por ser señalado.

lunes, 20 de julio de 2009

La violinista de Valencia

En Valencia capital, patria chica del petardeo musical, de las fallas melódicas y las tracas armónicas, el Ayuntamiento que preside Rita Barberá ha multado con 700 euros a una mujer que hacía ruido en la calle con un violín. Lo tocaba; interpretaba partituras sin autorización en mitad de la rúa, pero está visto que las interpretaciones sonoras cambian en el reino mimado de la trama Gürtel, pues entre ruido y música hay una relación nada clara que algunos, como es obvio, confunden dramáticamente. No se puede tocar el violín así como así, sin licencia comprada o sacada, sin caja B, sin contratos o amistades. Qué se creía esta mujer.

El asunto tendría su gracia en otras circunstancias, pero hablamos de Valencia, de multas y de arte callejero, que son cosas demasiado serias. Por la capital mediterránea y buena parte de su comunidad se han filtrado las dádivas más sonoras –pues suenan mucho aunque no bien– del llamado 'caso Gürtel', que traducido del alemán significaría 'caso Correa'. No sabe uno si el interés de los investigadores de Garzón por la fonética alemana se debe a la necesidad de tapar el apellido sin culpa del empresario Francisco o a una asociación inconsciente entre la dureza de las acusaciones y el acento germano. El caso es que el caso Correa o Gürtel, sostenido sobre muchos miles de euros sin destino limpio, sigue sin resolver después de que la investigación se abriera en febrero de 2009, el mismo mes en que la violinista de Valencia fue pillada haciendo ruido en plena calle. Es natural la rapidez de la multa contra la violinista si se tiene en cuenta, en cambio, la silenciosa tarea de los gürtelianos, que han actuado siempre sin banda sonora y de puertas para adentro.

Está claro que Valencia vive un segundo Renacimiento. La multa a esa violinista sin licencia, que sería calderilla para los gürtelianos, lo confirma a la luz de la historia de nuestro Mediterráneo sinfónico. Cuando en el primer Renacimiento había trovadores italianos que tocaban el violín, la exquisita créme de la créme se revolvía contra el instrumento y su sonido. El benjamín de la familia de las cuerdas no contaba con el más mínimo prestigio. Y hubo que esperar al Barroco para que algún iluminado como Claudio Monteverdi descubriera en el violín todas las posibilidades de sus calidades sonoras. Tantas encuentra, que lo usa para complementar las voces corales en su célebre ópera Orfeo, en 1607. A partir de entonces, el prestigio del violín empezó a crecer, paralelo y simultáneo a las oscuridades del Barroco. Quattrocentos años después, y con la pátina de luz que Sorolla regaló a su tierra, el Ayuntamiento valenciano se muestra alérgico a esas oscuridades violinísticas y entusiasta, en cambio, con las claridades sonoras de sus petardos; de sus explosivos, quiere uno decir. Así que la multa de 700 euros corta me parece. Por aquí las multas a quienes incordian la melodía feliz del bienestar siempre suman más ceros.

  • Este artículo aparece asimismo en el nº 1.967 del semanario Cambio16.

lunes, 13 de julio de 2009

Panegírico de la talega y la papa


Ha empezado la cuenta atrás contra la bolsa de plástico. En 2006 se habló del tema, de la nube plástica que cada ciudadano forma en su cocina cuando llega de hacer la compra mensual, del coste ecológico de cada plástico y de la factura mediambiental que les espera a las futuras generaciones, pero la bronca se la llevó el viento, zizagueando por los basureros morales de las empresas que se dedican en nuestro país a hacer bolsas de plástico. Un negocio al que cuesta 12 euros cada millar de bolsas, de media. España es precisamente el primer productor europeo de estas bolsas que tan alegremente nos ofrecen en el súper, con autopubli pintada. Si uno llena el carro hasta arriba, necesita más de una docena de bolsas para traer la compra en el coche. Y he dicho uno, no el centenar de clientes que puede acompañarlo a uno cada vez que hace su tourné por las calles de esa ciudadela de la alimentación, el consumismo y el caprichito. Ya han ajustado las cifras: España genera 10.500 millones de estas bolsas volanderas al año; y cada español usa una media de 238. La inmensa mayoría de ellas terminan asfixiando tortugas marinas o contaminando el campo durante un siglo. No sirven para otra cosa, pues ni siquiera se ajustan al cubo de la basura.

Irlanda experimentó la reducción de su consumo hace unos años cobrando 15 céntimos de euro por cada una, cinco veces más de lo que cobra hoy la cadena Dia. La medida hizo que descendiera su uso hasta en un 90%, lo cual pareció un logro radical. Sin embargo, la utilización de las bolsitas volvió a aumentar en cuanto se acostumbraron los bolsillos, que a todo se acostumbran. Así que las voces ecologistas, cada vez más atronadoras, han conseguido que por fin se conciencien gobiernos, ciudadanos y hasta empresas. Una de ellas, viéndolas venir, ha dado con lo que parece ser la tecla: bolsas de almidón de patata. Ya las utilizan, por ejemplo, en Alcampo. Al parecer, una vez en la basura se degradan por completo en tres meses. Nuestro gobierno tiene ya en su poder el borrador de un plan que pretende aniquilar la bolsa de plástico de la faz de España antes de 2011. O sea, ya.

Como parece que el odio a la bolsita no tiene marcha atrás, a uno se le ocurre proponer, para las compras no masivas, reivindicar la memoria de la histórica talega que no sólo sirve para el pan. La talega. El vocablo procede del árabe y tanto su significante como su significado han sido aprehendidos por nuestros abuelos con toda la gracia del buen yantar, hasta el punto de que la talega ha conseguido la digna metonimización de provisión de víveres. Era fundamental para los antiguos jornaleros del sol a sol llevar la talega, aunque algunos la trajesen intacta para el regocijo de sus churumbeles al atardecer. Cosas del hambre.

Las abuelas de antes, incluida la mía, tenían por lo general un par de talegas: una pasiva, para el pan de retén en casa y otra activa, más decentita para la compra. Yo vi a la mía remendarlas en su máquina Singer. Ahora que asistimos a otro relumbrón estético del Cuéntame no estaría de más que nos hiciésemos con una talega para la compra diaria. Para la del mes, ya vendrá en nuestro auxilio el almidón de patata. Ya revolucionó la alimentación en los Siglos de Oro como contenido, cuando desembarcó de allende el Atlántico. Ahora la volverá a revolucionar como continente. Dios bendiga a la papa.

  • Este artículo aparece asimismo en el nº 1.964 del semanario Cambio16

domingo, 12 de julio de 2009

Poemas del tiempo

Aunque todavía no me lo creo, me he refrenado el ritmo de trabajo y ando viviendo desde hace días un verano como el de la gente con vacaciones, aburguesada y lenta, con desayunos sin prisas y largas horas con pijama. Esto me está permitiendo leer, en el sofá de casa o frente al mar, dependiendo de donde me arrastre el oleaje suave de este estado sabatino. Tras haber terminado la biografía novelada de Juan Belmonte que comenté aquí hará un mes –el resto no me ha defraudado, todo lo contrario– he seguido con novelas de autores más o menos actuales, como Saber perder, del cineasta reconvertido en escritor David Trueba, que publica Anagrama. Me está gustando, tal vez porque es una de esas novelas de personajes entrelazados en las que uno puede recrearse también en el lenguaje y no sólo en las mil hazañas que se cuentan en una página como acostumbran algunos best sellers insufribles. Pero lo que más me ha sorprendido ha sido el descubrimiento de un autor que conocía como columnista de periódicos pero no como maestro de la poesía: el malagueño Manuel Alcántara (1928). Este malagueño de toda la vida ha escrito, y no exagero, casi 20.000 artículos y columnas periodísticos y desde hace años lo sigo de vez en cuando en el grupo Joly (Diario de Sevilla y sus derivados). Lo que nunca imaginé es que fuera al mismo tiempo un poeta machadiano de los que se entiende a sí mismo en el verso conciso y sabio que escribe para sí y para los demás, para que todos nos entendamos mejor. Tengo una antología suya que recoge lo mejor de su producción poética de entre los años 1955 y 2004. De lo que he leído, me apetece compartir con los lectores de este blog este "Soneto para pedir tiempo al tiempo":

El tiempo es un camino para andarme.
(No te engañes. Morir, ay, para ver. Te
quedarás solo, a solas con tu suerte).
Yo me he echado a morir para vengarme.

Porque sé que no debo entusiasmarme
con cosas que se acaban en la muerte,
estoy soñando. Cuando me despierte,
no sé si habré hecho bien en despartarme.

El tiempo, con su escaso presupuesto,
se nos va a cada paso, mientras arde
como una rama seca todo esto.

Siempre un reloj aprieta, nos ahoga,
nos coge por el cuello un día y tarde
o temprano nos cuelga de una soga.


Este poema, de sorprendente madurez, está incluido en su segundo poemario, El embarcadero, de 1958. Tenía entonces Alcántara sólo 30 años. Curiosamente, los que voy a cumplir yo a la vuelta del estío. A mí, sin embargo, no me parecen pocos.