viernes, 14 de diciembre de 2012

Tuiteando por cumplir

Hay en los pueblos de la tierra mía una acepción del verbo cumplir que no se utiliza para las velitas de la tarta ni para referir las obligaciones, sino una especie de comportamiento tan hipócrita como socialmente aceptado por el que uno hace las cosas -ciertas visitas, ciertos regalos, ciertos pésames en los funerales- no porque esté convencido de que sea lo mejor o porque el corazón lo pida desde su convencimiento racional o moral, sino simplemente "por cumplir", es decir, por quedar bien, o sea, por ir donde va Vicente, como la gente, o, dicho de otro modo, por camastrón aborregamiento de la inmensa mayoría, dominada por esa espiral del silencio con la que nadie se mete. Y me he acordado de ella, de la acepción, digo, a propósito de ese primer tuit del Papa, Benedicto XVI, ahora @Pontifex para sus amigos (del twitter), que él ni siquiera ha escrito pero que ha lanzado al mundo desde una salita del Vaticano presionando el botón del intro. Aunque Su Santidad ha seguido después a lo suyo, su gente de comunicación no ha tenido empacho en explicar que el mensaje en cuestión ("Queridos amigos, me uno a vosotros con alegría por medio de Twitter. Gracias por vuestra respuesta generosa. Os bendigo a todos de corazón") no lo ha escrito él, sino que se ha limitado a darle al bontoncito, e incluso que los demás tampoco los escribirá él en persona, sino algunos colaboradores. Ni siquiera contestará personalmente a tres preguntitas sobre la fe que se seleccionarán entre las miles que le formularán, sino que también serán sus colaboradores. En fin, he pensado, que el Papa se ha sacado esto del Twitter más o menos por cumplir, por estar en la pomada, por hacer el paripé de que se acerca mucho a los jóvenes y a la calle a través de estas golosinas de la redes sociales y demás. Y se lo ha sacado o se lo han sacado de la manga porque necesita cumplir en ese sentido que ya me imagino que va usted comprendiendo.

El cumpli-miento no tendría la menor importancia si no se tratase de quien se trata. Yo mismo me he sacado una cuenta de esas, pero yo no tengo importancia, y lo mío no ha sido por cumplir con nadie, sino por pasar el rato. El caso es que del Papa, representante de Cristo en la Tierra, no se espera uno que haga nada por cumplir, tal vez porque a uno se le olvida demasiado ligeramente que el Papa era antes un hombre cualquiera, que se llamaba Josep y comía ciruelas o escribía libros sobre la fe y otras cuestiones resbaladizas. Pero precisamente porque, además de un teórico espejo de Dios aquí abajo, era y es también un intelectual, @Pontifex deberá haber reparado, estoy seguro, en el hecho de que también Jesucristo era un tuitero. De los buenos, además, ya que este sistema de comunicación con limitación de caracteres no sólo se parece mucho a esa creación por intensión de la poesía, sino a esa manía luminosa de los grandes de la Historia de dejar tuits lapidarios para facilitar su memoria y, a veces, su digestión. Los mensajes de Jesucristo fueron desde el principio algunos de los mejores tuits de la Historia de la Humanidad y, particularmente, de esa Historia que en la Iglesia gusta tanto llamar "de la Salvación". Algunos son los siguientes: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado"; "Amad a vuestros enemigos"; "El que no tenga pecados, que tire la primera piedra"; "Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja que a un rico en el Reino de los Cielos"; "Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos"; o "Perdónalos porque no saben lo que hacen"... Y no sigo, pero podría, hasta tuitear el Evangelio entero. Tal vez porque las cosas importantes necesitan pocas palabras, es más, precisan de una depuración de buen gusto que las ponga a disposición de todo el que quiera oír. A propósito, otro tuiter de Cristo: "El que tenga oídos para oír, que oiga".

Haría bien Su Santidad en aparcar para este tiempo de recortes y austeridad esas largas encíclicas que nadie lee y esos largos convenios con los poderosos del mundo que a nadie interesa salvo a los poderosos de la Iglesia y esas largas disquisiciones teológicas que nadie entiende y ajustarse más al hic et nunc de los pobres de este mundo, más necesitados de tuits que sean como las verdades del barquero, concisas, claras, de un amor palmario. Tal y como hacía Cristo, y tal y como hacen todavía hoy tantos cristianos de vocación que predican menos y hacen más, que se institucionalizan menos y ayudan más, que se revisten menos y se mojan más, que alaban menos al Padre y lavan más a los hijos desperdigados por esos mundos de Dios, que no dogmatizan nada pero lo dudan todo porque lo nuestro es dudar. Dudar sobre cualquier afirmación tan larga tan larga que no quepa en el twitter. 


-Este artículo se publica también en el nº 2.133 del semanario Cambio16

sábado, 1 de diciembre de 2012

Amor desandado

El amor, ese efecto multifuncional que sentimos las personas como un relámpago desde cualquier rincón del cerebro hasta el espinazo pasando por el corazón, no es un sentimiento momentáneo ni estático, sino agrandable y en constante evolución, cuando evoluciona, y no es el mismo el amor del primer flechazo que el amor de las manos juntas o de las complicidades juntas muchos años después. El amor del principio, el instantáneo, el que provoca el inexplicable y descontrolado bumbún en el pecho, tiene la magia del arrastre, la fuerza que te lleva a desenfocar absolutamente todo lo demás. El amor de luego, de tantos años luego, tiene la magia de la fe, de la perdurabilidad, de la confianza ciega en que no te has de caer jamás porque siempre estará allí la otra mano que nunca falla. Yo tengo la suerte impagable de haber experimentado ya estos dos tipos de amores, con la misma persona, en una relación potente que guarda para cada amanecer un sinfín de sorpresas. Pero esta mañana se me han conmocionado las entrañas cuando he leído la noticia de que un matrimonio de una aldea de Pinos Puente (Granada), de 75 años los dos, se ha suicidado para "no seguir siendo una carga" para los hijos. Al parecer de quienes investigan el caso, el hombre le disparó a su esposa antes de que amaneciera. Y luego se suicidó. Pero todo había sido pactado, o sea, una especie  de suicidio asistido. Los hijos,dos varones y dos mujeres, han declarado ahora que a los padres "se les había metido en la cabeza que no querían ser un incordio". Pero nadie se lo tomó en serio, por supuesto.

El matrimonio ya está en el otro mundo. Pero los demás seguimos en este. En cuanto me he enterado del caso he pensado en qué hubiera hecho Lorca por poetizarlo. Federico, que era de un pueblo de al lado, Fuente Vaqueros, encontró inspiraciones preñadas de verdad en los jóvenes adúlteros que se fugaron tras la boda que convirtieron en sangre en Níjar (Almería), y hasta en la casa de la viuda con sus hijas represaliadas de cuyo drama profundo supo a través del pozo medianero. Estos dos disparos constituyen hoy dos aldabonazos de la vida real en plena Vega de Granada. Y otra vez la vida superando a la ficción, o adelantándose a ella. 

En cualquier caso, esta tragedia granadina me ha despertado la curiosidad por los avances del amor y también por sus retrocesos. Un amor como el de estos viejos que ahora se han quitado de en medio en la oscuridad de su vejez, de su casa, de su pueblecico perdido debió germinar como casi todos, con una mirada de más, con algunas palabras de menos... por la vergüenza pequeña de dos adolescentes que, de súbito, comienzan a callarse para oír mejor el latido entusiasta de sus corazones. Ese amor que ahora, más de medio siglo después, los llevó a morir juntos de dos disparos, como una pareja de Romeo y Julieta pasados de edad y de realismo sucio y sufriente, ha tenido la suficiente reversibilidad como para desandar todo lo andado en común. Amor y muerte tocándose por los polos.

Lo que me entristece, y me enfurece en silencio, es que estas muertes en el cenit de la desesperación de una vida que no se colma con el sueño dulce de la vejez conquistada, coinciden con esta época maldita de desesperanza que nos está tocando en mala suerte conocer; con esta época de desahucios, de recortes, de supresiones de la dependencia, de los servicios sociales, del amparo a los más pobres, incluso a los más pobres de espíritu... Ojalá sean absolutamente ciertas las Bienaventuranzas de Cristo, porque alguna esperanza tendrá que quedarnos para reconstruir este mal de escombros y de corazones partidos en que se está convirtiendo nuestro mundo, este mundo que comenzó con la semilla remota del amor y que, en algunos de sus fragmentos más desgraciados, termina también, por un confuso y presunto bien común, con la semilla del amor desandado, vuelto al origen, sacrificado en sí mismo para darle alas al nuevo día, para que la vida siga, fluya, ya para otros...

domingo, 11 de noviembre de 2012

Los colmos

Cuando se cabreaba de veras, cuando la poníamos negra, como ella decía, mi madre siempre salía con que aquello era el colmo de los colmos. A mí la frasecita nunca se me ha ido de la cabeza, aunque no la utilizo nunca, seguramente porque se trata de una de esas fórmulas del enfado profundo que uno reserva en las profundidades de la intimidad histórica. Pero ya digo que aunque no la verbalizo me resuena a menudo por las interioridades del corazón. En estos días me ha vuelto a resonar su eco al hilo de estos colmos sociales que vemos más o menos desde la barrera; quiero decir que unos los ven a aquel lado poque le han quitado ya la casa, otros a este porque aún la conservamos y otros tantos tienen una pierna a cada lado, de modo que sienten la clásica incomodidad de los genitales desorientados sobre la baranda, lo cual suele ser lo peor de lo peor, o sea, el colmo de los colmos también. 

Además de los dramas concatenados con que nos desayunamos a diario -lo del desayuno depende, claro, si es literal o metáfora-, lo dramático sigue siendo la falta de luz al final del túnel, como les gusta decir a ese tipo de políticos -casi todos- que a falta de ideas preclaras para salir de la crisis acostumbra a concatenar frases estúpidas de este tipo, metáforas desgastadas, como diría Ortega y Gasset, verbigracia: la que está cayendo, los brotes verdes, atisbar el final de la recesión, los primeros síntomas de la recuperación económica, los primeros frutos de la necesaria política de austeridad o el esfuerzo de todos para remar en la misma dirección, por citar tan sólo algunas de las gilipolleces más habituales que uno escucha a diario. Bueno, pues para no caer en ellas, insisto, lo más dramático es tomar conciencia de que esto tiene difícil arreglo mientras que la sociedad enferma a pasos agigantados, falsamente liderada por una clase política que cada día demuestra más su ineptitud y su anacronismo sinvergüenza, en otra dimensión distinta del resto de los ciudadanos.

La muerte de dos mujeres en Astorga (León), una madre de 82 años que cuidaba de su  hija, ciega y discapacitada, de 40, en el más decimonónico de los desamparos, no deja de ser un símbolo cruel de este retroceso a pasos agigantados que estamos sufriendo. La madre murió primero. Y cuatro días después, en una oscuridad doble de casa húmeda y familia en el limbo, lo hizo la hija, ahogada en el abandono. Y todo ello mientras el intermitente presidente del Gobierno que tenemos, al que vemos mucho menos que a Mourinho, venía asegurando desde que entró por Moncloa que el servicio de Dependencia "no es viable". Tampoco lo son la educación o la sanidad públicas, meros mimos de pobres acostumbrados a lo bueno. Sí lo son, en cambio, este sistema de asesores y arrimados bien pagados que tiene cualquiera de los cientos de miles de políticos que en España han sido y siguen siendo, los cuales tienen derecho a una pensión vitalicia a los siete años de ejercer; la barbaridad de la tauromaquia que sigue subvencionándose a cuerno partido; o el verdadero y gran fraude fiscal que afecta a las empresas que en nuestro país merece la pena llamar empresas. Todo esto sí es viable. A la vista está. 

Después de casi cinco años de crisis creciente y atolondrada, ya muy poca gente culpa a los curritos del montón por haber gastado más de lo que ganaban, porque aquellos inconscientes consumidores abducidos pagaron su penitencia antes de 2010, y ahora resulta que la lista del paro y de los desahucios y de la miseria más absoluta la están engrosando también quienes no ganaron ni gastaron tanto, sino quienes sencillamente dejaron de trabajar y de salir y de comer tres veces al día, paulatinamente. Gente como usted y como yo, que un mal día se levantaron con el pie derecho y la vida se lo torció, porque sí, sin saber cómo. Algunos de ellos han terminado ahorcándose o arrojándose al vacío cuando la policía se ha presentado en su casa para echarlos como a perros. Y cuando esto se ha convertido en el mendrugo nuestro de cada día, después de que miles de ciudadanos se hayan movilizado durante los últimos años para defender a criaturas inocentes y de haber reclamado la dación en pago como quien clama en el desierto, ahora los principales partidos se sienten tocados por un clamor popular al que se ha sumado el clamor de los jueces y el clamor de los policías y hasta el clamor de los muertos, que se revuelven porque no terminaron de pagar la hipoteca antes de abandonar este mundo, frente a unos bancos que, falsamente victimizados por no querer más ladrillo sino el dinero que malévolamente prestaron en su maquiavélico día, han recibido ya el ciento por uno pero no se sacian, más del 90% del dinero público que los últimos Gobiernos han soltado por el incosciente grifo de los parches contra una crisis contumaz. Dentro de un rato se reúnen Rajoy y Rubalcaba para construir entre ambos otro parche contra la sangría de votantes que se apuntan ya a ese mal tan temido de la desafectación política. Esto sí que es grave, y por eso tienen que solucionarlo. Pues a ver si así, en el colmo de los colmos.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Colonizados por nuestro Parnaso

Anoche acabamos a las tantas la VII edición de nuestro Patio del Parnaso, ese movimiento cultural independiente que hemos iniciado en mi pueblo, Los Palacios y Villafranca, no sólo con vocación de continuidad sino de aperturismo y aglutinación de todas las manifestaciones culturales que se tercien y quieran ser compartidas. Por eso nos reunimos: porque nos da la gana poner en común los hallazgos, las investigaciones, las preocupaciones o las inquietudes culturales de muchos amigos o conocidos que se convierten en amigos y que, más allá de la parálisis local que afecta a muchos rincones de esta España nuestra, y más ahora con la bicha que mejor no mentar pero que está en la boca de todos, tenemos la voluntad de pensarnos y repensarnos a través del prisma multidisciplinar que ofrece el humanismo, con la esperanza de conocernos mejor y mejorar. Nos reunimos bajo el lema "Colonizadores y colonizados. Luces y sombras", y una vez más el personal apareció por la Casa de la Cultura con sus deberes y devociones muy bien hechos, con el firme propósito de contribuir desde su parcela de conocimiento y entusiasmo a arrojar un rayito de luz sobre tan general temática. Lo de las luces y las sombras se entendió muy bien, e incluso se expresó más bien aún, como demostró Juan José, el carpintero y belenista amigo de todos que no perdona una cita, y eso que anoche hicimos del Patio una metáfora pura y nos reunimos, para protegernos de la luvia que caía sobre la fuente, en el salón de actos. Juan José insistió en que la colonización hay que entenderla siempre como invasión, sin disimular este término, porque es el indispensable en todas las conquistas que terminan masacrando al colonizado. Lo matizó el historiador Carlos Font, que intervino con una brillante ponencia sobre nuestra última colonia en pleno siglo XX, la Guinea Ecuatorial, recordándole que hubo colonizaciones más o menos por las buenas y que incluso el vocablo "colonización" no se empieza a utilizar hasta el siglo XIX. Cuento esto porque, además de intervenciones interesantísimas desde el atril, también hubo debate entre el respetable, que al menos durante la primera mitad era muy numeroso. Otra cosa fue ya cuatro horas después, porque el Patio de anoche nos arrastró a los que quedábamos, desde las ocho de la tarde, hasta la madrugada. Mi querido Victoriano Rosal relativiza la exageración de la quedada en que son dos veces al año. Tiene razón. Aunque es cierto que estamos barajando otras fórmulas para que las próximas citas no duren cuatro horas, sobre todo porque el personal municipal no está para que le den allí las uvas por culpa de unos locos a los que nos apasiona tanto el Parnaso y las musas que parió. No es que quieran cobrar horas extras, es que quieren cobrar su nómina, sin más, y todos sabemos cómo está el patio. 


Tras el saludo que se ha convertido en institucional de Victoriano, que glosó y leyó a Bartolomé de las Casas, el defensor de los indios, nuestro pianista de cabecera, Paco Benítez Acosta, le sacó a su piano toda la emoción y la solemnidad de la banda sonora "1492. La conquista del Paraíso", de Vangelis; y un servidor hizo una introducción de las que le gusta hilvanar al hilo de lo que sea. Los presentes dijeron que les gustó. A mí me gustaron mucho más las intervenciones que vinieron después, como por ejemplo la de Antonio Romero Agüero, basada en el hechizo que los bosques desempeñaron sobre el hombre primitivo y el hombre romano en su ansia expansionista e incluso en las lecturas ecológicas que se desprenden de ahí. A continuación tomó la palabra Cristina Gámez, que nos ilustró sabiamente sobre los espartanos y sus diferencias con otras culturas paralelas, como la griega. Cristina entendió muy bien lo del binomio luces y sombras y, aunque mostró su admiración por una cultura que no arrinconaba a la mujer, que era lo habitual en la época, tampoco dejó de reconocer que eran unos asesinos, entrenados para matar.
Carlos Fierro -hermano de la flamante Joven del Año nombrada por el Ayuntamiento palaciego, Inma Fierro-, que ya otras veces nos ha deleitado con versos de su propia cosecha, se subió ayer al atril para hablarnos de la visión que determinados cronistas de las Indias, como el Inca Garcilaso, tenían del proceso conquistador y del relato que otros cronistas, como Álvar Núñez Cabeza de Vaca, habían construido. Carlos es un enamorado de la literatura y sus relaciones con otros ámbitos de la cultura, como yo. Y como mi compañero y amigo José Manuel Begines, que nos dio una lección magistral de los estudios de literaturas coloniales a nive internacional, con nombres como el de Edward Said, el crítico literario nacido en Jerusalén y fallecido en New York en 2003 que no sólo nos legó gestos admirables de integración como la fundación, junto al músico judío Daniel Baremboim, de la West-East Divan Orchestra, sino que, según nos contó Begines, ha sido una de las voces que nos ha llamado a situarnos "en medio" en esos extremos del colonizador y el colonizado.
Mi amigo Marco Amuedo Valderas reflexionó sobre un antiguo artículo de Fernando Savater, El puñal del gurka, de 1983, que leyó, sobre la visión políticamente incorrecta hacia los hermanos menores de la colonización española o yanki. A continuación, el cantautor Manuel Núñez Amador nos habló de México, de algunas escritoras de allá e hizo una excelente introducción a una canción que llevaba por estribillo "Yo soy revolucionaria". Con el soniquete de su guitarra nos quedamos todos encantados, y algunos pensando que revolucionaria era también una noche como aquella, porque, tarde o temprano, terminaremos pensando en que qué noche la de aquel día, un 8 de noviembre de 2012 en el que atravesamos la frontera del día siguiente no porque hubiera fútbol o toros o borracheras sino porque hablábamos de cómo las colonizaciones eran el germen de nosotros mismos, para bien y para mal. 

El archivero municipal Julio Mayo nos habló de las expediciones al Nuevo Mundo y su paso por nuestro pueblo y Utrera. Es uno de sus temas preferidos, y lo domina y le apasiona, y así lo demostró en una exposición larga en que nos sacó grabados, mapas, datos y vírgenes a partes iguales, para desmotrarnos la importancia del Bajo Guadalquivir y de los pueblos de la margen izquiera del río en aquella época de los siglos XVI y XVII en que la América de nuestro Imperio era una provincia más regida desde Sevilla. Antes de intervenir él, presentó a nuestro amigo común Antonio Cabrera, una bellísima persona y un utrerano que se interesa absolutamente por todo, incluso por nuestro Patio del Parnaso, adonde no dudó en acudir, a pesar de la carretera, la noche y la lluvia, para regalarnos una de las ponencias más originales de la noche, sobre la preeminencia que tienen las cofradías y el arte suntuario sevillano no sólo en España, sino en toda América. Fue curioso ver tantas Macarenas y tantos Nazarenos y tanta pasión lo mismo en Miami que en Quito.

Federico Ponce, al que se le nota su mente de arquitecto, nos enseñó muchas cosas sobre la manera de edificar en Lationamérica y otros rincones del mundo y de la historia, y Fran Amador, otro joven palaciego con mente de periodista, demostró que este oficio que tanto amamos lo que amamos escribir y contar el mundo también tiene sus buenos o malos negocios, sus buenas o malas artes en eso que llamamos globalmente la colonización, incluso informativa, con ejemplos cercanos u orientales. 

El concejal del PA Pedro Amalio Moguer fue quien atravesó ya la madrugada exponiendo la tesis del catedrático González Ferrín sobre las dudas en torno a que los árabes trajeran el Islam a España en el año 711. González Ferrín y otros estudiosos del tema niegan la fecha tan temprana y que fueran musulmanes quienes llegaran tan raudamente a una península que, según ellos, siguió en manos visigodas algún siglo más. Con las doce en el reloj, nos volvimos a emocionar con el piano de Paco Benítez con su último mohicano.

Cuando salí a la llovizna agradable de la calle Real, me acordé de esa bronca absurda a propósito de cierto programa de la tele, de esos de usar y tirar. Y entonces pensé: "Este es mi pueblo. También".

sábado, 27 de octubre de 2012

Javier Marías, héroe nacional


Creo que Javier Marías (Madrid, 1951) es hoy por hoy el novelista español más prestigioso con vida, y no lo creo porque yo sea un asiduo lector suyo, pues sólo me he leído un par de novelas y algún relato corto firmados por él, sino porque en esas pocas lecturas he comprobado que, como dice la crítica especializada, ha logrado fusionar, con un poder hipnótico sin precedentes, las gracias de la narrativa literaria y del ensayo profundo como ningún literato al uso ha conseguido que yo sepa. Me parece algo así como el intocable Cervantes, que también tiene mucho de ensayista en sus a veces deshilachadas digresiones, pero con más rigor y antipatía que el autor del Quijote. Además, por los artículos periodísticos que le he leído, es uno de esos pocos autores a los que no les duelen prendas en decir, literalmente y sin ambages, lo que piensa, cueste lo que le cueste. Y el mundo intelectual no ha tenido más remedio que reconocerle todo esto, aunque a veces le pese. Tal vez que no sólo sea novelista sino también traductor y editor y hasta tenga mucho de filósofo pese sobremanera en esta condición de escritor prestigiado a la que me refiero. Insisto, porque creo que una cosa es la fama o la popularidad o el reconocimiento y el aplauso y otra, más allá, el prestigio. 
Javier Marías, hijo del filósofo más próximo a Ortega y Gasset, el exiliado durante el franquismo Julián Marías por su condición de republicano con principios, criado en EEUU, educado en los preceptos de la Institución Libre de Enseñanza y rodeado desde siempre de algunos de los mejores intelectuales españoles y extranjeros, reúne en su vida todo lo que un envidioso consciente como yo hubiera deseado para bañar su cotidianidad de un mínimo de interés. Y es posible que sea algo así como el antónimo más claro del español medio del pelotazo que por aquí hemos conocido en las últimas décadas, es decir, del presumido con dinero de plástico al que le importa más que nada en el mundo la vanidad y el corto plazo y se hipoteca su vida para conseguir nunca se entera muy bien el qué.

Por eso cuando he conocido la extraña noticia de que Marías rechaza el Premio Nacional de Narrativa por su última novela, Los enamoramientos, se me ha conmovido el cuerpo y el alma como quien oye un comentario surrealista en un velatorio o una broma de mal gusto, un disparate increíble en medio de este drama mortuorio que es esta crisis que me niego a escribir en mayúsculas pero tal vez debería. Más me he estremecido aún cuando he sabido que el premio eran 20.000 euros, que hace meses rechazó otro de 15.000 y he oído las razones de su rechazo, en primerísimo lugar porque no me imagino a mí mismo -y eso que hace días que lo admiro mucho más- haciendo eso en su lugar. Por lo visto, al menos desde 1998 viene declarando Marías que no estaría dispuesto a recibir un premio en metálico procedente del erario público, pero hasta ahora, en la cresta de esta desgracia nacional que no acaba, no se le había presentado la ocasión, y ha dicho que estaría feo, que sería incoherente o impresentable, tragarse sus declaraciones y recoger el premio, por mucho que le tiente y mucho que le agradezca al jurado su decisión. Además de esto, ha recordado que el Gobierno actual del PP, al que ha comparado con el franquismo en materia cultural, ha destinado cero euros en el presupuesto de 2013 para bibliotecas públicas. Y, por último, ha señalado que podría haber recibido el dinero y donarlo a continuación pero que le parecería demagógico porque no es él el encargado de decidir a qué destinar el dinero, sino más bien el libre responsable de dejarle el dinero al gobierno para que el gobierno decida qué hace con él. Ha sido como pasarle la patata caliente al gobierno, que para eso gobierna, o como decirle al gobierno que se meta el premio por donde le quepa y lo saque en forma de dinero por donde más falta le haga a la sociedad. O sea, una faena propia de un intelectual de altura. Y quizás por eso algunos le han reprochado con la boquita pequeña que lo ha hecho por vanidad o afán de notoriedad o, más peregrinamente aún, que la novela por la que ha sido premiado era malísima.

Yo no la he leído, pero he leído críticas maravillosas. En cualquier caso, conociendo a Marías tampoco debe ser ningún bodrio y el fondo del asunto es que el premio era suyo y él se lo ha devuelto al Estado sin tocarlo siquiera. Eso, en esta España nuestra tan dada al aplauso fácil, al éxito llovido del cielo y a la oportunidad aprovechada incluso en el despropósito, digan lo que digan, es dificilísimo. Vivimos en un país, conviene recordarlo, que históricamente -y hoy, que es lo más triste- le sonríe al listillo de turno, al aprovechado, al espabilado, al granuja, al pícaro, al que defrauda al fisco, al gracioso zoquete, torerete, al que se las sabe todas, al que viene de vuelta de ser engañado y engañar, al que te guiña el ojo, al que no hace nada, al bromista de la pereza y el bostezo sin rezo, al que se escaquea, al que se burla de las causas nobles, al que hace chistes de la generalizada desfachatez, al que infla su beneficio y siempre desinfla el del prójimo con mucho arte, y sin fe... 

Vivimos en un país donde es esperable el demérito generalizado de una acción como la de Marías, porque siempre habrá quien le reproche rechazar el dinero porque no le hace falta o por afán de protagonismo, sin reparar en que poderoso caballero siempre es bienvenido, que le pregunten a los anacrónicos chupatintas de la corte, y que a quien trabaja bien, como es el caso, no le hacen falta este tipo de protagonismos, que más bien desearían para sí quienes, criticando desde la barrera, tienen la convicción de que nunca se verán en esas y por eso especulan con sus propios sentimientos, jugándose, traicionándose su propia indubitable identidad. Por eso un servidor, en un esfuerzo identitario, reconoce: yo no lo haría. 

Me apena vivir en un país que aplaude a los peloteros millonarios, a los toreros sanguinarios y a los ricos medievales que donan un 0,05 de sus inmensas fortunas a Cáritas, después de haberse enriquecido a costa de destruir a los más pequeños con su afán de capitalismo acaparador, para que el pueblo paupérrimo les siga comiendo en la mano. Me apena vivir en un país con profesionales de la política que ven cómo el mundo se derrumba pero son incapaces de renunciar a ninguna prebenda y privilegio, mientras se les llena la boca de palabras vanas que ya nadie cree, porque la gente quiere simplemente pan y cuando la gente comienza a tener hambre es cada vez más hambre de pan y menos de justicia, paz y libertad, sino pan a secas, para no ahorcarse antes de que lleguen los usureros y otros cuervos del montón. 

Cuando he conocido los hechos y las razones de Javier Marías no he podido sino pensar: si todos los españoles fuéramos así, España no sería así.


domingo, 21 de octubre de 2012

'Un mundo cuadrado'

La segunda y última película del cineasta sevillano Álvaro Begines (Los Palacios y Villafranca, 1963) demuestra que, con la edad, pasamos ineluctablemente de la comedia al drama. Debe de ser ley de vida, o ley de mercado, o signo de los tiempos. El caso es que quien fuera letrista del grupo No me pises que llevo chanclas e ideólogo de aquel neogénero musical que dio en llamarse agropop, con todo su cargamento de sandías y buen humor en la descubridora brecha que se abría entre dos generaciones -la de los viejos agricultores lugareños y la de aquellos músicos que hacían conciertos para pasárselo bien-, continuó su senda de artista por los vericuetos del cine, y tras pasar por la prestigiosa Escuela Internacional de Cine de San Juan de los Baños, en Cuba, rodar algunos cortos interesantes y un largo con ingrendientes de su casa, música y humor, ¿Por qué se frotan las patitas? (2006), de éxito definitivo en su carrera, vuelve a las pantallas con un drama largamente gestado desde sus tiempos de chancla en caravana por esos pueblos de dios, desde su belle époque al alimón con su hermano Pepe construyendo canciones inspiradas en el divertido contraste entre el campo y la ciudad, entre el terrón retorcido y la cursilería urbana. Por eso su última película, Un mundo cuadrado, cuenta con esos mismos ingredientes, pero sin risas: un pueblo remoto, un grupo de rock, otro de currantes y otro más de mandamases menores donde dios pegó las tres voces, y todo ello en gazpacho bien guionizado que abre una ventana de esperanza justo al puente del Quinto Centenario, en la Sevilla que nada sabe de rincones rurales como el que aparece retratado en la cinta. El guión es de Álvaro Begines y de Miguel Ángel Carmona, otra promesa palaciega del cine que también colaboró con Begines en su primer filme y que ya ha apuntado maneras con varios cortos premiados, entre ellos 70m2, galardonado en una veintena de festivales. La productora de Un mundo cuadrado es La Zanfoña, la misma empresa que está detrás, por ejemplo, de Grupo7.

    La película, 95 minutos con oportuna música de Manuel Ruiz del Corral, es buena y recomendable porque cuenta con varios niveles de lectura: la de la anécdota dramática que da pie a su trama -la muerte por accidente del vocalista de un grupo de jóvenes que juega al rock mientras se aventuran por el Parque Natural de Doñana y las consecuencias que se derivan-; el drama de una sociedad de 800 vecinos sin pasado ni futuro que viven a expensas de lo que les permita trabajar o descansar el capataz de la hacienda; el drama familiar de una gente a la que se le han agriado las relaciones; y el drama individual de quienes se han resignado a la cuadratura de su mundo o quienes aprovechan esa misma cuadratura -incluso como eslogan- para cambiarlo.

    El protagonista -que hace de ajustado narrador en off-, interpretado con nota por Samuel Galiardo -un actor de 25 años desconocido hasta ahora- es el culpable de que se desencadene el conflicto pero también el responsable de que se resuelva. Y para ello se acompaña de otros amigos del grupo de rock, interpretados por el ganador del Goya al actor revelación por 7 vírgenes Jesús Carroza -Esteban-, Rocío Peláez -María- y Alejandro Astola -el vocalista muerto de un disparo. Un papel esencial en la cinta tiene Juanfra Juárez, disminuido psíquico que hace de hermano del prota y que con sus obsesión de ser torero y sus ingenuas apreciaciones dota a la historia de una pátina rotunda entre lo que supone de entrañable, literalmente, y lo que supone de símbolo del afán de superación humano. La película cuenta también con actores veteranos como Juan Carlos Sánchez, Manuel Monteagudo, Sebastián Haro o Álex O'Dogherty como actor invitado.

    El mundo cuadrado al que hace alusión el título es literalmente cuadrado porque se trata de una de las parcelas señaladas con esa forma geométrica desde la colonización de las marismas del Guadalquivir a mediados del siglo pasado -algo así como los poblados de San Leandro o Marismillas, por ejemplo-, al modo como se hizo en la colonización africana, con escuadra y cartabón. Un cuadrado irresoluto de Rubik, omnipresente hasta el final, funciona muy bien como metáfora de esa cuadratura como problema que el abuelo del protagonista -espectacular Juan Carlos Sánchez- le explicará en una de las mejores secuencias de la cinta, trazando con un palo un cuadrado sobre la tierra, a orillas del Guadalquivir y abrazando al nieto en pleno punto de inflexión de la historia. Ésta trascurre ya en los años 90, pero sigue teniendo algo de la injusticia de los santos inocentes de Delibes -llevados al cine por Mario Camus- y algo del oscurantismo del Obabakoak de Atxaga -hecha película por Montxo Armendáriz.

    La película, que tal vez adolezca de completos efectos especiales -y a veces innecesarios- o de algunas resoluciones del guión verosímiles o libres de maniqueísmo pero que cuenta con justificación en sus escasos 800.000 euros de presupuesto, tiene gancho porque en rigor es una película del maltrato a todos los niveles: el maltrato social ejercido por los más fuertes y el maltrato doméstico en cualquiera de sus aristas -de los machos ibéricos hacia sus mujeres o de las generaciones intermedias hacia sus opacos mayores. Con todo, el mayor drama de la cinta no está dentro de ella, sino fuera, en el descubrimiento por parte del espectador de que ese desgraciado mundo de gente asustada por su falta de mundología y educación no está ni tan lejos por el pasado -hechos reales ocurridos en los años 90- ni por el futuro, a la sombra de tantos recortes sobre recortes en materia educativa para construir, otra vez, un mundo cuadrado de jóvenes sin posibilidad de escapatoria, controlados como siempre por ese fluido caciquil de señores que van y vienen, privilegiadamente, a la luz de la luna llena. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Qué poca educación

La Educación pública en España tiene mala prensa, y aunque existen ilustrísimos ejemplos de cómo esa educación de todos y para todos ha dado sus frutos de manera genial, tal y como han mostrado diversas campañas mediáticas de apoyo al sistema en los últimos años, problemas como el abandono escolar, el fracaso educativo y la vanidad de muchos nuevos ricos -que en rigor ni siquiera lo eran - llevando a sus críos a escuelas privadas en su desesperada lucha interna por subir en la escala social han convertido, falsamente, una Educación digna de todas las alabanzas en un foco problemático, inmerecidamente. Si analizamos pormenorizadamente esos problemas, descubriremos que sus causas no están en la escuela pública misma, sino en factores externos que la han zaherido desde fuera. Un sistema que garantiza gratuitamente la educación de todos, recreando en su espacio el virtual funcionamiento de la sociedad misma, con sus individuos brillantes o incapaces, femeninos o masculinos, sus problemas de convivencia y sus hallazgos en el conocimiento individual y comunitario, no puede tener sino virtudes. Porque la escuela para los niños, en su pluralidad y diversidad por principio, es un ensayo general de la vida, y hay que repetirlo aunque suene a tópico. Es así.

Entonces, ¿dónde está el origen del conflicto? Evidentemente, en la gestión que se hace de la escuela pública. O sea, que el problema que hay que combatir no es el concepto, sino la gestión de ese concepto. Lo que pasa es que esa gestión -y ahí está la madre del borrego- es responsabilidad precisamente -y en buena medida, aunque no en toda- de los agentes que han convertido la escuela pública en un problema. Esos agentes son los responsables públicos. Y estos, a su vez, son los políticos que llegan a gobernar. Y estos políticos que llegan a gobernar en efecto han sido previamente los políticos que no gobernaban y que desde su oposición previa a los políticos que sí gobernaban convirtieron todos los asuntos públicos, entre ellos también el de la Educación, en un caballo de batalla con el que convertir todo -también la Educación- en un foco conflictivo para justificar la lucha -su lucha. Si contemplamos que la gobernanza en España ha sido cuestión de dos grandes partidos -PSOE y PP- desde que llegó la Democracia y que en su irresponsabilidad epistemológica no han sido capaces aún de desprenderse de la pátina inútil de la izquierda y la derecha como ideas o emblemas herederos desde el sentido concreto que el Franquismo les dio, convendremos en que el sistema educativo español ha estado preñado, injustamente, de demasiadas alharacas ideológicas que no han hecho sino lastrar los objetivos fundamentales que la Educación pública debería tener, según el entender de cualquier persona honesta de nuestro país, y a semejanza, por ejemplo, de lo que sí tienen en sistemas educativos del norte europeo en cuyo espejo nos miramos tan a menudo pero para nada. El problema sigue siendo, a fecha de hoy, que ese embarazo ideológico no deseado sigue pesando sobre un sistema que, internamente y por lo que respecta a sus profesionales de la enseñanza, no sabe cómo quitarse encima, entre otras razones porque nunca nunca han sido tenidos en cuenta verdaderamente y nunca nunca se les ha preguntado por el modelo que desearían.

En este sentido, y centrándonos en las dos últimas legislaturas, recordemos el desprecio al conocimiento y la cultura que supuso desde hace unos años el regalar los libros a diestro y siniestro, a absolutamente todos los alumnos, tuvieran sus familias recursos más que suficientes o no; inculcando, pues, en la percepción colectiva que trasmina a cada niño que los libros los dan, es decir, que no valen nada, que son gratis. En una sociedad de consumo como la nuestra -y esto lo sabemos de sobra- lo que no cuesta nada, no vale nada. Así funcionamos, por desgracia. Y esta falsa generosidad estuvo complementada, en ese despótico derrroche institucional que no era sino el reflejo de los tiempos del boom -de todos estos últimos booms-, por un ordenador para cada alumno. También gratis, claro. Inculcando, desde otro punto de vista, que los medios son los mensajes, que por el simple hecho de contar con un ordenador los chiquillos iban a salir del curso especialmente preparados y mucho más sabios de como entraron. La realidad, y eso no sólo lo sabemos los docentes sino también los padres y cualquier ciudadano con un mínimo de sensibilidad, ha sido que el ordendor resultó una golosina cibernética para que la chavalería tuviera acceso a esa red llamada internet en la que hoy se gestan las relaciones de verdad, sobre todo por las tardes y a deshoras, incluso a las horas de estudiar. Como ya no hay dinero, ya la preocupación por eso del 2.0 y de la alfabetización digital -cuando todavía no se había conseguido la alfabetización analógica- se ha diluido disimuladamente. Y todo esto, vendido desde las filas gubernamentales de eso que llamamos izquierda. Lo preocupante, insisto, no es que el invento no haya funcionado sino que se puso en marcha, fundamentalmente, para hacer frente, desde la política pura y dura, a esas otras filas gubernamentales o potencialmente gubernamentales que llamamos la derecha. Pues bien, ahora que esta llega al poder, se desvive por aniquilar todo lo que huela a izquierda:  entre otras cosas, la asignatura de educación para la ciudadanía, culpándola, subrepticiamente, de ser una de las causas rotundas del fracaso escolar o del mal funcionamiento del sistema. Craso error. La asignatura, como cualquier otra, podría tener en su currículo algún exceso, pero era una materia necesaria en estos momentos de teórica consolidación democrática. Y en cualquier caso no era ni mucho menos la causa de ningún fracaso educativo, que más bien se debía -como bien sabemos los profesores que manejamos tiza y necesidades educativas a partes iguales- a una desorganización del currículo verdaderamente necesario; a una preocupante falta de insistencia en eso que los pedagogos llaman desde hace unos años competencias básicas pero que en los centros educativos se mira con desdén porque lo que trasciende no es su aplicación lógica sino la persecución burocrática y absurda que entraña; es decir, la competencia lingüística y comunicativa, las destrezas matemáticas, el pragmático dominio de los idiomas, el conocimiento natural, científico y social... y poco más. Pero este poco es necesario que se enseñe con la suficiente rotundidad, es decir, con el suficiente número de horas. Si para ello hay que eliminar determinadas horas dedicadas a no sé qué pero que roban tiempo para la comprensión profunda de los textos, de las teorías y las aplicaciones científicas y la práctica del idioma, bien. Pero el camino es el camino del humanismo, no el camino que tracen desde sus intereses particulares los empresarios.

Lo digo porque, al hilo de la enésima reforma educativa que se fragua ahora, en este caso del PP, he oído que uno de los objetivos de la tal reforma es "conectar las aulas con las empresas". Craso error también. Y preocupante. El objetivo de las aulas no debe estar en las empresas, en ninguna empresa. El objetivo de las aulas es formar ciudadanos cultos, libres y responsables. Nada más, y nada menos. El objetivo de las aulas es formar hombres y mujeres que, una vez superadas las etapas académicas que sus circunstancias les permitan, sean capaces, desde la responsabilidad y el autodominio, de trabajar en una empresa, de montar una empresa o de mandar a las empresas al carajo si lo consideran en el sacrosanto ejercicio de su libertad. No podemos dejar que el mundo empresarial, por mucho que le preocupe al PP desde siempre y particularmente en estos momentos de imperiosa reactivación laboral, se infiltre en nuestras aulas, en el mundo académico y cultural. Porque las empresas están para ganar dinero. Y las aulas están para generar y transmitir conocimiento. Son objetivos absolutamente distintos. Y así debe seguir siendo. Sobre todo porque precisamente por una marginación de la labor de las aulas -y específicamente de las aulas en la Educación pública- el mundo empresarial absorbió de manera maquiavélica a un preocupante porcentaje de alumnos que ahora, precisamente, han vuelto a las aulas, decepcionados del sistema laboral, de las empresas y de los artificios de un boom que los engañó. Si no aprendemos de los errores, no aprendemos nada.

Ninguna reforma educativa mejorará la Educación ni contribuirá a sacarnos de este pozo socioeconómico en el que nos encontramos si no se le da a la Educación -en manos de sus verdaderos y diversos especialistas y no de los arribistas de la Política- el lugar primordial que le corresponde por justicia y por aplastante lógica. 

*Este artículo se publica asimismo en la sección de Nacional del semanario Cambio16.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Un lío padre

Mi padre siempre dice, y a veces con una cabezonería muy suya incluso cuando todos le llevamos la contraria, que el mundo es muy viejo para que haya cosas nuevas. Lo repite últimamente a propósito de la crisis, con una resignación que a cualquiera pone de los nervios, porque considera con una frialdad que roza la malauva que lo malo todavía no ha llegado y que todavía tenemos que enterarnos. Uno puede optar por ignorarlo y pensar que en realidad el mundo tiende a la mejoría, al progreso y al avance en todos los sentidos, como hago yo la mayoría de las veces. Pero desde hace unos días siento escalofríos al comprobar que las profecías de mi padre están cumpliéndose en un plazo tan preciso como inquietante. Recuerdo que en 2005 me dijo de determinados fulanos de mi pueblo: "¿Tú no ves que dicen que tiene mucho dinero? Pues se tiene que ver en la calle, o debajo de un puente". Y ahora compruebo que, en efecto, algunos de ellos no viven debajo de un puente pero casi. Con lo cual los malos augurios de mi padre empiezan a tomar cierto halo de seriedad preocupante. Si a ello le añadimos que los grandes gurús de la macroeconomía llevan cinco años sin dar una, me parece lógico que la preocupación se nos agigante. Y no deja de ser sintomático de esta crisis acojonante que los venerados economistas de la aldea global no acierten nunca mientras mi padre, que tuvo que sacar su graduado escolar de noche, con 20 años y hartito de trabajar mucho más de ocho horitas, tenga ahora su poquito de razón.

Lo ideal sería que no la tuviera, por supuesto. Pero en una sociedad deshilachada en la que nos movemos cada cual a su bola, alguien con su solo sentido común que la mira desde la barrera de sus 60 tacos casi cumplidos puede tener una percepción mucho más lúcida que quienes se pierden cada mañana por las sucias cañerías de un sistema gripado e imposible de arreglar. Tal vez por ello quienes soñamos con un futuro mejor, o al menos igual que el presente, en el que la idea del estado del bienestar siga teniendo el mismo sentido, nos avergonzamos de esta política espeluznante del gobierno de turno que purga la TVE, mete corridas de toros en su programación, defiende la segregación escolar por sexos, recorta bárbaramente en educación, cultura e investigación, le da alas a los reaccinonarios de toda la vida y reparte palos a diestro y siniestro, sobre todo a siniestro para que el personal se entere de quién manda aquí. A mí, que me he criado en la curva ascendente de un mundo que iba a mejor, nada de esto me parece normal. Supongo que es cuestión de edad, pero advierto que ya hay gente mucho más joven que yo a la que todo esto le choca más aún.

Porque la gente quiere entender las cosas. Y aquí las cosas no hay quien las entienda. No tanto por su dificultad sino porque la inmensa mayoría de la ciudadanía tiene una vergüenza torera que le impide creer literalmente que todo esto que pasa es simplemente porque el sistema está regido por una panda de sinvergüenzas incontrolables. La gente, y yo me incluyo, cree por lo general que hay razones inalcanzables para el común de los mortales que empujan a los mandamases a tomar las decisiones que toman. Yo, por ejemplo, me resisto a creer que el consejo de ministros recorte en investigación científica y no en armamento bélico porque algunos de sus miembros no tenga interés alguno en lo primero e intereses de primer orden en lo segundo. Lo siento, pero seré demasiado ingenuo todavía.

Pero el caso es que por mucha ingenuidad que nos proteja, uno descubre titulares que lo hacen espabilar de pronto, encorajinarse tal vez en balde. Por ejemplo, el rescate de los bancos. Perdón, el rescate a los bancos. Hace un rato, algo así como dos años, y no exagero, eran los bancos los que tenían que sacarnos de la crisis, dando crédito. Los políticos y otros charlatanes igual de recurrentes insistían en que el crédito debía fluír. Eso decían, con esa metáfora fluvial que a todos nos llenaba de esperanza. Parecía que en cuanto el grifo de los bancos se abriera el secarral de la vida empezaría a verdear enseguida. Y siguiendo con estas alegorías tan renacentistas, cualquiera recordará los brotes verdes de Zapatero. Dónde queda eso ya, que diría mi abuela. Pues bien, resulta que a la vuelta de dos años, tal vez menos, no es ya que los bancos no han soltado guita, salvo en ese momento surrealista en que el gobierno de Rajoy decidió resucitar a los empresarios arruinados -muchos de ellos merced a su valentía, dejémoslo ahí- a costa de unos intereses altísimos que ya nos estamos encargando los ciudadanos de pagar, sino que somos los ciudadanos los que hemos tenido que, involuntariamente -porque nadie nos ha preguntado ni piensa hacerlo-, estamos salvando a los bancos. Cuando digo los ciudadanos, digo la sociedad, o el Estado, o los fondos públicos. O sea, los ciudadanos. O sea, nosotros, usted y yo, unos pringados corrientes. Es decir, que aquel crédito que los bancos iban a inyectar en la sociedad es el crédito que la sociedad inyecta ahora a los bancos. Con cantidades mareantes. 53.745 millones de euros, dice El País. El ABC habla de 59.300. Millón arriba, millón abajo, qué más da. También aquí habrá quien se chupe los dedos. ¿Qué se cree usted? ¿Que lo del panal y la miel y las abejas es un refrán anacrónico? Nada es anacrónico cuando se trata del parné. 

De modo que si hace un par de años los ciudadanos de la fiambrera y la cola del paro necesitábamos ser rescatados, el tiempo ha pasado y nos hemos hecho daño, como diría en verso el poeta  roteño Benítez Reyes. Nos hemos hecho daño en esta charlatanería estéril que no conduce a ningún sitio. Nos han hecho daño las porras de los grises, que ahora visten de azul o negro, qué más da. Estamos dañados, al fin, y de vuelta de tanta manifestación de etiqueta mareante: 15-M, 25-S, 26-S... crípticas consignas herederas de aquel fatídico 11-S que luego derivó en 11-M y 14-M y qué sé yo. Y mientras tanto, se ha saneado el PP, que consiguió el gobierno que anhelaba. Se han saneado los empresarios que especularon y jugaron a pedir y pedir sin conocimiento, mientras los banqueros irresponsables les daban y les daban dinerito de plástico. Se ha saneado igualmente, y por partida doble -o triple- esos bancos que estaban tan sanos. Y los únicos que no nos hemos saneado somos nosotros, escayolistas, albañiles, fontaneros, maestros, enfermeros y obreros del montón, que pagamos la penitencia porque alguno de esta clase cobró 3.000 euros durante los nueve meses ya olvidados en que se gestó esta crisis descomunal en los despachos de los que nunca se habla. Ahora se habla de nosotros, exclusivamente, para que paguemos los platos rotos. Y los estamos pagando, por mucho que refunfuñemos.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El mundo nos mira el culo

Por esta crisis sigilosa y aparentemente interminable han pasado ya casi cuatro millones de parados que se han ido sumando a los que había en 2007; alrededor de un millón de familias que, evidentemente, sobreviven sólo con lo que la economia sumergida está dispuesta a hacer con ellas; decenas de gurús económicos que no dieron una; y dos gobiernos de ideologías distintas que han venido a hacer lo mismo, a saber, lo que Bruselas les manda. A estas alturas del cuento, y después de ver cómo los ricos lloran mucho menos porque se les perdona mucho más, mientras sacan a raudales sus ahorros de una banca que hace un rato estaba radiante y hace mucho menos ha tenido que ser rescatada unas cuantas veces, sabemos que esta dirección no conduce a ningún buen fin. Lo debe de saber incluso el partido que nos gobierna, aunque parece que no está en condiciones de cambiar el rumbo, no se sabe muy bien  si porque ignora las alternativas, por malaleche o por estupidez. El caso es que se ensancha cada día más esa peligrosa brecha entre lo que significa España y lo que significa ser español. Una cosa es la teoría, la institución y el símbolo y otra muy distinta la carne, la calle y el desamparo. 

Rajoy va a ir a New York para representar a España ante las Naciones Unidas, pero me temo que no nos representará a los españoles, que, según publica The New York Times, que es todavía un periódico de los de antes -de los que se fía de lo que sus corresponsales viven en primera persona-, estamos asomados a los contenedores, en busca de comida. Aunque el reduccionismo del periódico americano nos puede escocer a quienes todavía no hemos llegado a tanto, tendremos que reconocer al menos que refleja mucho mejor la situación de España que esa preocupación de Rajoy y los suyos por Gibraltar y todas esas cortinas de humo que siempre utilizan los gobiernos cuando no les conviene hablar del asunto capital. El PP, cuando estaba en la oposición, era muy dado a censurar las pamplinas que Zapatero se sacaba de la manga cuando la crisis crecía y aquí nadie la reconocía oficialmente, pero ahora, ya digo, cuatro o cinco años después, a Rajoy empieza a interesarle mucho Gibraltar, las relaciones multilaterales y hasta la Alianza de Civilizaciones. Son los periódicos de fuera los que nos retratan en blanco y negro, con dientes podridos y el hambre pintada en la cara. Alguien tendría que ser, porque es cierto que hay miles de familias en la puta calle, millones de personas que quieren trabajar y no saben dónde y miles de niños pequeños que se van a la cama cada noche con ruido en las tripas. Y nada de eso ocurre en el África profunda, sino aquí: en Sevilla, en Cáceres, en Madrid o en Albacete. 



Al gobierno, que insiste en sus palos de ciego, parece no importarle que los repartan ahora su Policía, que en vez de estar para proteger al ciudadano, está para molerlo como cuando los grises, según puede comprobarse en las horrendas imágenes que nos han dejado las manifestaciones del 25-S. Habrá habido quien se pasó, quien se burló o quien provocó, pero nadie puede negar que la Policía no estuvo a la altura de las circunstancias. Nadie, salvo el gobierno, claro, que hoy la ha felicitado, como en una broma macabra frente a la ciudadanía, que padece ya de surrealismo crónico. 

La vicepresidenta, Soraya Sáez de Santamaría, decía ayer que junto a las medidas de recorte también hay que aplicar medidas de estímulo. Lo decía como quien descubre el Paraíso, después de que hasta el gato de la casa de mi vecina lo haya repetido simplemente porque todo el mundo lo dice. Lo decía como quien repite un mantra, pero ni ella misma se lo creía y ni ella misma sabía argumentarlo. La culpa la tendrá Rajoy, no digo que no, pero era ella quien hablaba. En realidad da igual quien hable porque todos repiten fórmulas vacías de verdad, mientras la prima de riesgo baila al son de nuestras incongruencias nacionales, al déficit no hay quien lo frene y las autonomías continúan pidiendo rescates como disimulando, cuatro o cinco mil millones de euros, como quien le deja caer a su abuela que se luzca con el aguinaldo y como si el bolsillo de la abuela fuera infinito... Qué país. Si Larra levantara la cabeza, la volvería a echar. Y tal vez nos encomendaría que volviéramos mañana. O pasado mañana. Al fin y al cabo, seguiremos oyendo las mismas chorradas.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Razones para la desconfianza

No soy muy partidario de ese dogma manriqueño de que cualquier tiempo pasado fuera mejor, pero tampoco estoy de acuerdo con esa otra certeza del optimismo radical por la que siempre avanzamos a mejor. De modo que en esta transición involuntaria que no termina y que indiscutiblemente estamos atravesando no tengo más remedio que advertir el contraste entre la pérdida irreparable de figuras paradigmáticas en la Transición que en esta era escribimos con mayúsculas y la absoluta falta de líderes comprometidos de veras que sufrimos cuando precisamente nos harían más falta. En las últimas 24 horas, mientras la matraca de esta Europa que ya nos esperanza poco continúa apostando por la asfixia como falsa solución a la crisis -a pesar de ver a las claras los resultados infructuosos en pacientes anteriores como Portugal o Grecia-, se van por muy distintas razones dos pesos pesados de la política nacional: Esperanza Aguirre y Santiago Carrillo. La primera para vivir mejor, según dice. El segundo porque la vida se le ha apagado, según ha demostrado hasta el último suspiro de sus 97 años. El contraste entre el ala más liberal del PP y el eurocomunismo consagrado no puede dejarnos indemnes. Y es más que curioso que ambos se hayan ido en el mismo instante. Insisto: una por conveniencias personales -aunque no las sepamos exactamente- y otro porque el corazón no le daba para más, después de haberse dejado el alma y todas sus reflexiones por este país que tan ingrato ha sido con él, y mientras la derecha más dura pone el disco rayado de la inconclusa historia de Paracuellos para aportar una indecente banda sonora a su duelo. 


La crisis, ya lo sabíamos, no es solo económica o social, sino también institucional. No hay una institución que no esté hoy en crisis: la Política, la Justicia, la Monarquía, la Banca, el Periodismo, la Educación... Y mientras nos hacen falta líderes que imaginen salidas, lo que crecen, en cambio, son inútiles de la cosa pública que bien incendian bien enfangan. 

El mismo día que se van estos líderes nacionales, nos gusten más o menos, nos enteramos en la civilizada Francia de dos asuntos dignos de estudio: mientras la justicia del país galo ordena a la revista Closer que entregue las fotos que le sacó a la futura reina británica en topless, en un ejercicio nacional de mojigatería insufrible en aras de la protección del honor y con una severidad impropia contra la libertad de expresión, justamente para defender esa libertad de expresión otra revista francesa, la satírica Charlie Hebdo anuncia a bombo y platillo que dentro de unas horas publicará viñetas de Mahoma, lo que previsiblemente provocará una nueva oleada de protestas e incluso atentados contra vidas humanas por parte de la radicalidad islámica que ya viene haciendo de las suyas en las embajadas estadounidenses por esta misma razón. 

La lectura más objetiva posible es que importa muchísimo más la incomodidad que a una señora de la nobleza británica le puedan causar unas fotos de ella misma tomando el sol en la playa que la más que probable matanza de unos salvajes islamistas a saber de qué inocentes esta vez con la excusa perfecta de que han burlado el honor de su profeta. Cuando más sentido del pragmatismo a nivel global nos haría falta, insisto, nos ponemos los supuestamente superiores occidentales muy exquisitos con nuestras libertades. 

La libertad de expresión es una conquista humana que alcanza toda su razón de ser cuando las necesidades básicas se han visto cubiertas. Yo mismo, por no ir más lejos, quiero tener libertad de expresión una vez que se me garantiza vivir, comer, dormir en paz, amar en libertad... ¿Para qué querría la libertad de expresión si me faltaran estas necesidades evidentes? Pues ahora resulta que cuando está en juego la vida de muchas personas porque existen aún radicales que no son capaces de entender lo que nosotros ya entendemos, hay civilizados de sobra que son capaces de llegar a donde haga falta no para garantizar la vida de todos, sino la libertad propia y caprichosa de ridiculizar otras religiones o creencias bajo la sacrosanta excusa de la libertad de expresión. Perdón: pero para eso no se inventó o defendió la libertad de expresión, arrancada precisamente a costa de muchas vidas humanas a tantas salvajes dictaduras. Le tendrían que haber preguntado a Santiago Carrillo, pero se ha muerto esta tarde. Podríamos preguntárselo todavía a Esperanza Aguirre, que ahora tendrá mucho más tiempo libre. Aunque entre ambas respuestas no habría color. No me extraña el crecimiento de la desconfianza global. ¿Quién va a arreglar esto?

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Crisis, regresión y cuernos

Conforme los andaluces nos hicimos mayores de edad, una vez conquistada la autonomía y consolidado este sistema mejor o peor llamado democrático, muchos paisanos lúcidos se encargaron de revisar todas las elucubraciones y poéticas milagrosas que nos habían construido desde fuera o a destiempo, y desde luego sin habernos preguntado. Por eso una de las primeras conspiraciones intelectuales en caer en desgracia, pese a su prestigio hasta entonces, fue la Teoría de Andalucía que Ortega y Gasset publicó en el providencial año de 1927 en forma de libro después de haberla ventilado en los periódicos para regocijo de los pensadores de entonces. Según el filósofo madrileño, mientras otros pueblos siguen manteniendo sus peculiaridades nacionales en otros lugares ajenos a su tierra, los andaluces dejan de ser andaluces "porque ser andaluz es convivir con la tierra andaluza, responder a sus gracias cósmicas, ser dócil a sus inspiraciones atmosféricas", lo que venía a significar, en román paladino, que la tópica indolencia del andaluz -entre otras esencias- la explica, sencillamente, la tierra maravillosa que pisamos. Desde luego a muchísimos inspirados poetas de la época -incluido Lorca-, cuyas realidades vitales sobrevolaban más la ficción y la invención creadora que la penuria cotidiana, estas ideas -perfectos ingredientes del tópico- les venían que ni pintadas. Y por eso, en su momento, tuvieron tanto éxito las comedias idiotas de los Álvarez Quintero y hasta los gitanos alumbrados por la luna del Romancero de Federico. No seré yo quien minusvalore las obras literarias de estos grandes andaluces -cada cual en su sitio-, pero sí quien insista -y no es la primera vez- en el necesario discernimiento conceptual entre el simbolismo artístico y la dura realidad  tridimensional. Y si el gitano lorquiano había acudido a su pluma para enarbolar la epopeya que al pueblo andaluz le faltaba y no para que nadie asimilase a Antoñito el Camborio con ningún ciudadano andaluz real de raza gitana, también la muerte en la plaza de Ignacio Sánchez Mejías le inspiró al granadino una de las mejores elegías en lengua española y no precisamente porque el trasfondo del poema fuera una trágica corrida de toros, sino porque la lírica demostraba en tal ocasión hasta dónde un hombre, con palabras, puede mostrar el dolor por la pérdida ineluctable de otro hombre. En este sentido podríamos entender aún que Lorca dijese en su última entrevista que el toreo era la fiesta más culta que había entonces en el mundo. Lorca era fundamentalmente poeta y, como tal, tenía un pensamiento y un decir simbólicos que tenía mucho más que ver el titular, el teatro y el verso inspirado que con la realidad de carne y hueso. Por eso, casi un siglo después, la brecha abierta entre Literatura y Realidad es directamente proporcional a la altura intelectual entre Lorca y cualquiera de estos patéticos toreros que afilan el mentón ejerciendo de carniceros.

    Pese a las carnicerías que la sensibilidad general de hace un siglo soportaba, ni Belmonte ni Joselito el Gallo ni Manolete son comparables a los toreros actuales. Y no ya porque aquellos estuvieran imbuidos por un ambiente de insensibilidad hacia otros seres vivos; o porque, teniendo en cuenta eso precisamente, sus hazañas de hombres hechos a sí mismos no sean comparables con sus zoquetes colegas de hoy; o porque los toros de entonces estuviesen más cercanos al ideal mítico de fiera por desbravar y con cuernos de veras; sino, principalmente, porque aquellos tuvieron artistas literarios, pictóricos o cinematográficos que catapultaron sus miserables realidades a la condición legendaria del blanco y negro y los de hoy carecen absolutamente de artistas de renombre dispuestos a convertirlos en leyenda. Hace años escribí un artículo ejemplificando esta idea con la mafia y los asesinos en serie, que también tuvieron -e incluso persisten- artistas de la literatura y el cine -escritores y cineastas- encantados de convertirlos en materia artística y no por ello a nadie le dio por pensar que los gángsters y los asesinos son artistas.

    La práctica del toreo, tal y como la conocemos hoy -y sin jugar a ejercicios rescatadores del milenario mito del tauro-, agotó en menos de dos siglos la soportabilidad del ser humano verdaderamente civilizado. Y por eso las plazas se cierran, se vacían o se pudren sin necesidad de que algunos políticos quieran adelantar el civismo y la sensibilidad por vía parlamentaria. De hecho, allá donde se ha hecho de esta manera, como en Canarias, Cataluña o el País Vasco, la tauromaquia había muerto mucho antes por una simple cuestión económica y de nula o ridícula afición. Y por eso las leyes de protección animal adolecían de un resquemor anexo o de un vacío interno por lo que se refería al negocio de los toros mientras que se ponían muy rigurosas con los pájaros, los ratones o los mosquitos. Y por eso es difícil encontrar en las escuelas que algún niño -hijo, aun incoscientemente, de la sensibilidad humanística propia del siglo XXI- esté de acuerdo con la barbarie de matar a un animal en la plaza con la hipócrita excusa de convertir una carnicería a todas luces en sucedáneo de arte a toda sombra. Y por eso, mientras la crisis nos elimina canales verdaderamente instructivos como La 2 de Canal Sur, que vuelvan los toros a TVE1 no es -como tratan torpemente de justificar sus responsables- ni una estrategia para recuperar audiencia ni una concesión a los aficionados españoles, que caben todos en un pueblo, sino una maquiavélica estrategia ideológica de demostrar con el arma comunicativa más potente que tiene el partido del Gobierno que esta realidad sucia y desencantada que todos soportamos va a empezar a tener desde hoy la banda sonora y la estampa sangrienta que a ellos les encanta. Nos guste a la mayoría o no.

    Mi hijo se va a levantar de un momento a otro de la siesta, y temo que con tanto zaping acabe descubriendo la barbarie que retransmite en directo la cadena que pagamos todos. Temo, sobre todo, que me pregunte por qué le hacen pupa a ese animal. Porque no se me ocurre la respuesta. Y un padre, en un país civilizado, debería tener respuestas civilizadas para su niño preguntón.

viernes, 24 de agosto de 2012

Neorrealismo de política cazurra

Como a tantos otros amantes del cine clásico, a mí me gustaba el neorralismo italiano no sólo por la belleza concisa de su blanco y negro, sino por el humor que se desprendía del ingenio de los protagonistas en tan apretadas situaciones. Creo que la primera película de este género que tuve la suerte de disfrutar fue El pisito, dirigida por Marco Ferreri y basada en la novela homónima de nuestro admiradísimo Rafael Azcona. La proyectó Manuel María Rosal Núñez y su gente del grupo Vesilda hace ya una eternidad, cuando la guardería de mi pueblo no servía para acoger niños, sino tantos mosquitos como sueños en las frescas noches estivales en que todavía se fraguaba un futuro mejor y todos usábamos el pasado para hacernos un bagaje cultureta, desde la cómoda silla de tijeras, con cervezas fraternas y tomates aliñados en el ambigú. Poco después, ya en la carrera, vi Ladrón de bicletas, de Vittorio de Sica, una de esas cintas que te pone un nudo en la garganta desde el principio, sobre todo si te coge en esa época postadolescente en que precisamente te haces adulto porque abres tu corazón a la compasión por el ser humano, como me pasó a mí. 

Conforme pasó el tiempo, aunque dejé de ver películas así, siempre sobrevivió en mi memoria el regusto por aquellas secuencias que retrataban personajes de una pieza con tan sólo unos diálogos simples, pero también el tono sepia de un tiempo superado. Tal vez por ello, me emocioné hasta el llanto con Cinema Paradiso, y no sólo por la banda sonora de Morricone, sino porque la película, rodada mucho después de la moda neorrealista, confirmaba la emoción universalista cada vez que se tocan los sentimientos básicos del ser humano: la amistad, el recuerdo, la infancia, el amor. 

Aquel mundo retratado por actores elegantes y figurantes con más protagonismo de la cuenta sacados de la calle nos gustaba sobre todo porque evidenciaba la brecha conseguida entre sus años y los nuestros, entre sus necesidades perentorias y nuestros vicios de ricos repentinos. Lo que no nos gusta, y menos ahora que lo vemos ya aquí, es este empeño de la derecha española por pintar de gris oscuro esta realidad circundante que antes se llamaba estado del bienestar y que tan gorda les caía, a lo que contribuye una izquierda paralizada cuyo único monigote activo se dedica a atracar supermercados y haciendas escondidas, como en esas series de bandoleros falsos que a la nueva televisión derechizada le gusta tanto a todas horas. Unos por un extremo y los otros por el otro, la realidad real se parece cada vez más a aquella realidad de las cintas monocromas que un día se nos antojaron irrepetibles por fortuna. 

Ahora que estos lumbreras de la política de amparo han decidido subirle 50 euritos a los parados pero negarle los 400 euros a quienes vivan en casa de sus padres o abuelos, me ha sido inevitable recordar El pisito, con aquel cartel que confeccionó para la ocasión Antonio Mingote y aquel drama del novio teniéndose que casar con una tía viejísima para heredar el piso y así conseguir uno. Medio siglo después, los que no han tenido oportunidad de conseguir una vivienda porque los tiburones del mercado inmobiliario se lo han impedido, tendrán que ingeniárselas ahora para construirse aunque sea un palomar en la azotea y demostrar documentalmente que el palomar es casa independiente, para recibir la limosna al margen de la fiambrera de mamá.

El problema de la derecha de veras, de la derecha convencida que ha puesto su pica en nuestro gobierno, es que se mete en politica no para ganar dinero ni porque le importe la cosa pública, sino, fundamentalmente, para jugar. Miren a Esperanza Aguirre. Fíjense en este ministro con nombre de opus dei y apellido austríaco. Su visión cartesiana de la realidad les hace vislumbrar las soluciones muy fácilmente. Es pura matemática, como repite absurdamente el propio Rajoy: no gastar más de lo que se tiene. Pero es que esta gente no entiende que el Estado -ese conglomerado de personas que conforman una nación- no es un cortijo ni una hacienda ni una empresa. No funciona igual, por mucho que lo repitan demagógicamente. Al menos no debería funcionar igual en un Estado de Derecho. Otra cosa es que ellos crean en tal concepto, y me temo que no. Si fuera tan fácil, cualquiera valdría para gobernar, incluso un tipo con pintas de calzonazos. Este Estado de Derecho tiene que hacer malabares con la deuda, con el déficit, con el amparo a los más débiles, con la pedagogía hacia los que más que tienen... y al final, lo comido por lo servido aproximadamente. Claro que en España hemos sufrido una casta política acostumbrada a los desmanes, a creer que el pozo de lo público no tenía fondo, y a hacer de esa filosofía aproximativa del bienestar una varita mágica del desenfreno. Y ahora nos cae encima, sin anestesia, la otra receta. Y de camino, una agudísima intentona de ideologizarlo todo con actitud reaccionaria. Con el turnismo estéril que sufrimos en este país al menos desde el siglo XIX, los españoles de a pie sufrimos el efecto pendular de Guatelamala y Guatepeor: una izquierda que se mete en política para medrar, aun a riesgo de desmantelar el país; y una derecha que se mete en política para jugar, aun a riesgo de dejar en la cuneta a la mitad de las personas con tal de salvar el nombre, el escudo, la bandera y los informes que nos piden en Europa, porque a esta derecha temible a la que ya se le ven los bigotes le importa muchísimo más España que los españoles. 

Además de jugar como al monopoly, esta derecha peligrosa aprovecha para confeccionar un país a su medida: y por eso apuesta por la segregación por sexos en las escuelas que pagamos todos y nos trae de nuevo a la televisión que pagamos todos esa barbarie de los toros para terminar de evocar esa España negra de la sangre y la arena que tantos intelectuales comprometidos de verdad con el pueblo y las oportunidades de todos se encargaron de combatir. Seguramente así, el país se convertirá en un escenario perfecto para que las cámaras, igual que en las plazas ya casi vacías donde cayeron tantas tripas, sólo tengan que encender para captar, tanto tiempo después, el neorrealismo español patrocinado por esta política cazurra que soportamos. Ahora me gusta menos el neorrealismo.

-Este artículo se publica asimismo en el nº 2.118 del semanario Cambio16.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Curro Jiménez no asaltaría el Mercadona

En el vertiginoso salto de la literatura a la realidad, pueden darse casos de efectos colaterales, como les ha ocurrido siempre a los señores de la guerra cuando pasan de los planes a las bombas allá donde también hay niños y mujeres que van con una cesta y parejas que se casan. La literatura, tan dada al símbolo, lo resguarda elegante en la torre marfileña de su inocuidad. Pero la realidad, tan dada al drama, no puede jugar a los símbolos con la irresponsabilidad de la poesía, porque en la realidad real no existen los personajes ni los prototipos ni los arquetipos, sino las personas de carne y hueso que necesitan un ibuprofeno, van al váter o tienen la regla, todo lo cual emborrona el sutilísimo guion de quien sueñe con convertirse en leyenda antes de morir. Y por eso el parlamentario Juan Manuel Sánchez Gordillo, que siempre juega a Robin Hood pero ganando casi 4.000 euros como cualquier diputado del montón, se ha equivocado trazando con el asalto al Mercadona el pretendido símbolo de un romanticismo posmoderno, que precisaría de otra clase de héroes, pero no de un comunista mesiánico al que solo escuchan en su pueblo y no la hora de comer, sino después. 

    Lo de símbolo lo ha soltado Gaspar Llamazares desde la cómoda distancia de Madrid, pues desde la capital del reino siempre se han visto los hazañas periféricas con un halo legendario, que se disuelve sin embargo en la proximidad del manotazo en la cara, del empujón en la marasmo del párking y de las patadas en la propia caja, como les ha ocurrido a varias cajeras del supermercado de Écija (Sevilla) y Arcos de la Frontera (Cádiz) cuyos asaltos lideró desde la distancia simbólica y nada caballerosa este sujeto que manda en su pueblo, Marinaleda (Sevilla), desde que relevó, hace 33 años, al último alcalde franquista. En efecto, a las cajeras maltratadas nada de esto les ha parecido un símbolo, sino una brutalidad. A los seguidores de Sánchez Gordillo les habrá parecido, en primer término, un artificio muy mediático y estival para acaparar las portadas de los raquíticos periódicos de la temporada. Pero más allá de los pareceres dispares, está la cuestión central y pragmática de si el asalto ha servido para algo o la injusticia propia del capitalismo sigue intacta. La respuesta es evidente. Por lo que se deduce fácilmente que el objetivo de Sánchez Gordillo estaba más en el sujeto, él mismo y sus siglas, que en el objeto milagroso de repartir el pan a los pobres. 

    Robin Hood luchó durante el Medievo inglés para que a los pobres no les faltara el trozo de pan que les correspondía por puro humanismo, pero no un día para ser objeto de las canciones juglarescas, sino toda su vida. Curro Jiménez, cuya figura se acrecienta en estos días por la muerte de Sancho Gracia y por la reposición de la estupenda serie en La 2, encarnaba al prototipo de bandolero andaluz que era capaz de dar su vida por la justicia que no se le administraba al pobre desde ningún resquicio de aquella administración decimonónica atrapada entre las luchas cortesanas y el imperialismo francés. Y se inspiraba en la figura real de Andrés López, el barquero de Cantillana, al que le fue arrebatado su oficio por culpa de unos pleitos y tuvo que abandonar su pueblo y echarse al monte, desde donde se encargó de abrir una ventana de esperanza sincrónica a las gentes de su alrededor. Parecidas circunstancias podríamos referir de José María el Tempranillo o de Diego Corrientes... consecuentes parias que pagaron con su vida truncada la injusticia social en sus propias carnes, y que nunca fueron aforados ni pudieron permitirse el lujo de no cobrar por un cargo porque tenían muchos más.

    Pero a una empresa que comenzó en un pueblo valenciano poco antes de que Sánchez Gordillo tomara posesión de la Alcaldía en su pueblo y que ha sabido sortear las trampas del capitalismo para convertirse en un referente del empresariado comedido y sabio, que alcanza una facturación anual de 17.000 millones de euros y que da trabajo a 70.000 personas en nuestro país, más de un 60% de las cuales son, además, mujeres, no se le hace esto. La diana que buscó Sánchez Gordillo estuvo equivocada. Y tal vez por eso no ha cosechado el aplauso generalizado que esperaba. Tal vez si hubiera puesto el ojo en un banco engañador... Aunque lo pretenda, el alcalde de Marinaleda nunca se parecerá a Curro Jiménez, porque este bandolero que tiene tantos fans le abría la puerta a las señoras en sus diligencias antes de atracarlas. A la vuelta de dos siglos, no hay color entre el rojo pañuelo bandolero y este pañuelito palestino tan de pose. 


-Este artículo se publica asimismo en el nº 2.117 del semanario Cambio16.

viernes, 27 de julio de 2012

¿Qué sabrá Montoro de los higos chumbos?

Ahora que está peatonalizada y antes que no lo estaba, la Esquina de Valiño de mi pueblo ha sido siempre una institución seria. Incluso desde antes de conocerla yo, sé por lo que cuentan o escriben otros viejos paisanos que fue un lugar de tertulia o conspiración, según el rato y la época. Pero sobre todo la Esquina de Valiño constituye el otro Cuatro Vientos interior, no como el de la general, mucho más abierto y despersonalizado, sino concentrado, cercano y plural al mismo tiempo, por donde uno puede pasar dos veces y enterarse sin hablar con nadie si el mundo ha amanecido bien o amenaza con derrumbarse. Hace un rato, antes de almorzar, le he comprado allí a un hombre una bolsita con diez higos higiénicamente pelados con unos guantes de látex como los de las clínicas. Alguien le habrá dicho al hombre que la gente es ya muy escrupulosa y que como no sea con guantes no se parará ni Dios. Así que allí está el viejo, porque ya tiene una edad, con su vespino y las angarillas, su gorra calada, su navaja y su sonrisa cálida pregonando como antiguamente: "¡10 higos, un euro! ¡Venga, que se va el tío!". 

No me he equivocado al reproducir el pregón: 10 higos, un euro. Yo he comprado una bolsita y le he entregado al hombre un euro. Al decirle gracias, he sentido vergüenza y se me han acumulado las ideas. En medio de la calle me he reencontrado con Marina, que venía de comprar un bikini: 50 euros. Y conforme caminábamos en busca del coche, me he acordado de Montoro, de Rajoy, de De Guindos, de la Merkel, de Draghi... y de todas sus primas, que no tienen más riesgo que este vendedor de higos al que no van a retener en su casa con la paguita de viejo o la ayudita del yernazo. 

¡Este señor de los higos sí que sabe de Economía!, he pensado apesadumbradamente. Porque lo he imaginado con su caña y su vespino con cerón, dejando atrás una polvareda mañanera por cualquier cañada de los alrededores, en busca de unas pencas que no fueran de nadie. Coger higos tiene guasa. Hay que capturarlos uno a uno, con una caña de casi tres metros, bajo unos pencales que te llenan de puyas quieras o no. Cuando tienes diez o doce, te parecen muy pocos y no tienes más remedio que seguir cogiendo, con parsimonia prudente entre los ariscos pencales. Una vez que tienes un montón como para llenar un cubo, es conveniente sacudirlos sobre una manta, en la arena, para que suelten puyas. Luego pelarlos es otra historia. 

Yo siempre recordaré cómo lo hacía mi abuelo Eloy. Los tenía en un cubo de aluminio en el brocal del pozo, que es donde verdaderamente alcanzaba el frescor adecuado. "En el frigorífico ese se ponen relamíos", hubiera dicho el pobre. Mi abuelo andaba lentamente, como un obispo en el altar mayor. Se acercaba al brocal, cogía el cubo lleno de higos, se iba al corral, dejaba el cubo en el suelo, volvía a por su sillita baja, la colocaba en el lugar justo donde estuviera la corriente de la marea vespertina, se sentaba con cuidado, abría las piernas y apoyaba los codos en las rodillas huesudas, y comenzaba la operación con la navaja en la derecha y el higo en la izquierda, sostenido con mucho tino entre el dedo corazón y el pulgar, colocados sabiamente y sin mirar en los huecos donde no había puyas. Hacía un giro extraño con la mano izquierda para facilitar los tres cortes con la derecha, uno abajo, otro arriba y un tercero tranversal. Entonces soltaba la navaja en el filito del cubo y abría la cáscara, dejando el fruto, fresquito e irrestible, al alcance de mi mano, para que yo lo cogiera. Mientras me lo comía en tres o cuatro refrescantes y chorreantes bocados, yo pensaba en lo valiente que era mi abuelo para pelar tantos higos sin llenarse de puyas. "De esto sólo se puede comer uno o dos, que después ya sabes lo que pasa", decía él con retranca. Lo que pasaba es que uno se estreñía, por las pepitas, según se decía en aquella época.

Luego recuerdo que mi padre le quitaba hierro a esa prudencia excesiva en comer higos. "Te puedes comer cuatro o cinco y no pasa nada", decía él. Y aquella otra valentía a la hora de comer también la admiraba yo en mi asombro de niño. Algunas veces acompañé a mi padre a coger higos en verano. Llevaba un cubo enorme, para que el viaje mereciera la pena. Cuando volvíamos a casa y los había pelado para ponerlos en el frigorífico, se llevaba un rato chupándose los dedos y los bordes de las manos, para quitarse las puyas.

Muchos años después, cuando yo ya hacía reportajes para El Correo de Andalucía, al filo de esta crisis que entonces parecía que iba a durar un año, me enteré de que El Gamboo, uno de mi pueblo, había sembrado un campo de higos chumbos para sorpresa de los vecinos. Lo visité y me interesó tanto su historia de campesino emprendedor que escribí un reportaje para el periódico que tuvo cierto éxito. Todavía anda colgado en la web. Al final de aquel mismo verano, pasamos Marina y yo por la casa del Gamboo. Nos paró, nos dio un vaso de zumo de higos y nos regaló una garrafa entera, exagerada y generosamente. Tenía entonces El Gamboo la intención de aventurarse en el zumo y el helado de higos. Pero ya no supe más.

Cuando hoy compré la bolsita con diez higos, me dio vergüenza pagar solamente un euro, porque un solo higo, con todo lo que conlleva hasta que lo saboreas, no puede costar 10 céntimos, que es una moneda inútil. El hombre, sin embargo, me entregó la bolsita muy agradecido. Entonces me acordé de Montoro y de toda esa gente que no tiene ni idea de cómo coger higos chumbos y, por fuerza, tampoco de la economía verdadera, por la que, a pesar de ellos y sus tropelías, la gente no se muere de hambre. Ahora me he comido tres después de almorzar, para no ser tan prudente como mi abuelo ni tan valiente como mi padre, y para hacerle un homenaje íntimo a Aristóteles, aquel filósofo que insitía tanto en que en medio está la virtud y que en los últimos años ha sido completamente ignorado. Por eso estamos como estamos.

-Este artículo se publica también en el número de Septiembre de la revista Vía Marciala, de Utrera (Sevilla).

jueves, 26 de julio de 2012

La prima

En el siempre polémico terreno sociolingüístico del género, aparte de aquel "Si es prima hermana, con más ganas", creo que -al contrario que ocurre con la zorra, por ejemplo- la prima sale ganando su partida con el primo, pues, al margen de los números primos, siempre raros y solitarios, todo el mundo sabe que hacer el primo no es precisamente bueno, mientras que las primas siempre cotizaron más, no sólo las que se llevan calentitas los futbolistas por ganar o perder, a capricho, sino esta famosísima prima de riesgo que todos conocemos ya, que sube como la espuma cada vez que alguien importante mete la pata, o la gamba, que dirían los italianos. De primos y primas está el mundo lleno, máxime en estos momentos de crisis aguda en los que cualquiera se acuerda de uno/a por si le puede echar una manita. Ya sea en la izquierda o en la derecha, no tendríamos sino que echar un vistazo a los nuevos enchufados de las recién nacidas administraciones recolocadas a gusto de cada sigla para comprobar cuán abundantes son las primas y los primos, aunque esta de riesgo parezca la más arriesgada. Lo parezca, insisto. Que aquí todos los pájaros comen trigo y las culpas, al gorrión. Y también hay gorrionas.

En este sentido, a uno, que no entiende de Economía con mayúsculas, sino de la economía de andar por casa donde bastan las sumas y las restas para tirar, no deja de llamarle la atención dos asuntos relacionadas con esta famosa prima. 

El primero es que escuchaba en la radio, hará menos de un año, la catástrofe anunciada si la susodicha alcanzaba los 300 puntos básicos. Luego llegaron los expertos subiendo esa temida barrera a los 400. Y cuando todo parecía perdido porque rozábamos los 500, se puso la muy atrevida en los 650. Y la gente siguió entrando y saliendo, como si tal cosa. Algo así pasó con los millones de parados cuando íbamos a llegar a los tres. Y luego cada cual ha tirado con su pena, con prima o sin ella, más bien con madres y suegras. El caso es que quienes nos asustábamos tanto con esta prima hirviente tenemos ya la sensación de haber despertado de un letargo infantil donde nos contaban el cuento del lobo. Lo malo es que el lobo llegó -en el cuento, digo- y se comió a las ovejas cuando nadie lo esperaba.

El segundo tiene que ver con mi escaso conocimiento serio de en qué consiste esta prima de riesgo. Según tengo entendido, en la cantidad que hay que ofrecer a los inversores para contraprestar la falta de confianza que tienen en que le terminemos pagando lo que nos prestan. Y todo ello tomando la absoluta confianza que se tiene en Alemania como referencia. Como hay una relación directa entre esta prima y el porcentaje del interés de la deuda pública, cuanto mayor sea la prima, mayor es el interés que debemos pagar por esta deuda de todos. Con lo cual, si del interés viven -y cada vez mejor- unos cuantos espabilados, estos espabilados tendrán mucho interés en que la prima suba, y cuando tengan que pronunciarse en cuanto a la confianza que le genera España por lo que respecta a la posibilidad de pago de su deuda, siempre dirán que ninguna, que tienen cada vez menos confianza, y así la prima seguirá subiendo indefinidamene. O sea, un negocio redondo. Es la lógica del abusón. Si un abusón descubre que, retorciéndole el brazo, la víctima suelta más y más dinero, encontrará muy placentero el retorcimiento. Y no se preocupará de lo que vaya a pasar mañana. Que hoy mando yo, mañana mande quien quiera. En los casos de acoso en el instituto -bullying, creo que lo llaman- sólo la intervención de los demás compañeros y de los profesores puede romper la dinámica absurda y con vocación de eternidad del agresor. Si los profesores nos hiciésemos también las víctimas, los abusones se harían con las riendas del instituto.

Y valiéndome de la metáfora educativa, creo que algo así está pasando en el mercado internacional y en España con este gobierno victimista que tenemos. Por eso la prima no baja -ni pensarlo- cuando el gobierno anuncia ajuste sobre ajuste, sino todo lo contrario. Cuantos más ajustes haga el gobierno, contra los ciudadanos, más garantías tendrán los prestamistas de cobrar, pero -¡¿quién dijo miedo?!- siempre dirán que no es suficiente para que la prima suba más y el interés también. Así que por muchos más ajustes que el gobierno emprenda, los mercados no se darán por satisfechos. Es más, siempre contarán con la excusa de que si la cartera de la ciudadanía va peor, la economía estatal también lo irá. Con lo que se fían menos. La avaricia es infinita. Es un viejo pecado. 

Por todo ello, creo que en vez de insuflar confianza a los mercados, el gobierno debería insuflarnos confianza a los ciudadanos, y así ningunear a esos mercados sin cabeza que están convirtiendo este mundo en un esperpento difícil de espantar. Mientras no lo haga, siempre nos enfrentaremos, con resignación, a esa prima redicha a la que nadie es capaz de decirle a la cara lo fea que es. Sería un riesgo imprescindible.